miércoles, 12 de marzo de 2014

La crisis y los planes para cambiar el mundo



(Un artículo de Enrique Mora en el suplemento económico de El Mundo del 2 de noviembre de 2008. Curioso ver estas cosas a toro pasado.)

Las crisis, las duras, son una buena excusa para cambiar el mundo. Provocan la necesaria predisposición psicológica. Y la que estamos viviendo sobra para alentar esa predisposición. De hecho, hay un auténtico clamor en los medios de comunicación y entre los responsables políticos a favor de cambios radicales. La reunión del G20 [del día 15 de octubre debería haber dado] el pistoletazo de salida. Se habla de un «nuevo Bretton Woods» y de «refundar el capitalismo». Pero si nos quedamos ahí, en la parte puramente financiera, la reforma será insuficiente y no abordará la auténtica carencia: la necesidad de crear mecanismos mundiales de gobierno y ges· tión. No sólo de lo económico sino, ante todo, de lo político.  Si resolvemos lo segundo, lo primero vendrá dado. Y la necesidad de abordar esa carencia estaba presente mucho antes de que esta crisis estallara. 

El consenso general apunta tres razones para lo que está sucediendo:

1.- La abundancia de dinero por los bajos tipos de interés, a veces inferiores a la inflación. Euros a noventa céntimos. El resultado es una burbuja de activos de las que la inmobiliaria ha sido la más visible, pero no la única. Restablecer esos activos en precios más en consonancia con su valor intrínseco va a ser un proceso doloroso, en particular para los inversores/compradores de última hora.

2.- El excesivo apalancamiento financiero. Apalancarse es invertir con dinero prestado. Si compro un piso por 200.000 euros y en dos años lo vendo por 300.000 (¿les suena la música?) tendré una rentabilidad anual del 25%. Si de los doscientos, 150.000 son prestados al 4% de interés, al cabo de dos años devolveré 162.000 al banco. Mi inversión de 50.000 euros habrá producido 88.000. Un 88% de rentabilidad anual. Cuando hay inflación de activos el apalancamiento es un gran negocio. Cuando las cosas cambian es una trampa letal. Bear Stearns, el primer banco en caer de la ahora difunta banca de inversión norteamericana, tenía un apalancamiento de 30 a 1. Ahora hay que dar marcha atrás y reducir drásticamente el apalancamiento. Suprimiendo inversiones y no haciendo otras nuevas. Cuando no hay inversión, hay paro. Es ese el mecanismo por el que la crisis financiera se traslada a la economía real. Y ya está sucediendo. 

3.- La utilización de instrumentos financieros demasiado complejos para navegar entre ellos con los mecanismos clásicos de gestión de riesgos. Muchos inversores, institucionales incluidos, no sabían que estaban adquiriendo productos con respuesta potencial desmesurada a pequeñas variaciones en las condiciones de mercado. Y la gestión del riesgo utilizada no podía indicárselo. Perfectas mariposas de la teoría del caos aleteando en muchas carteras de inversión. 

Estas son las razones técnicas. Las reales son mucho más sencillas de entender: la irresponsabilidad (inundación de liquidez a bajo interés), la codicia (apalancarse sin freno) y la incompetencia (no saber con lo que se está jugando). Para resolver esto probablemente basta con una regulación inteligente. No hace falta refundar el capitalismo. Pero es que el problema es otro. 

Esta es una crisis de la globalización. Ésta ha hecho que el virus se haya transmitido a velocidad de vértigo de EEUU a Europa y a las economías emergentes. La globalización no es sólo un fenómeno económico, es sobre todo político. Y en ese campo, lo que tenemos desde hace unos años es una vuelta de la geopolítica, de las relaciones de poder entre Estados. Globalización y geopolítica casan mal. Si queremos salvar la primera tenemos que limitar la segunda. Y eso sólo se podrá hacer con mecanismos globales de regulación y gobierno acordados entre todos. Hacer de un mundo multipolar un mundo multilateral. 

Para ello ya no bastará la solución occidental. No bastará decir «no os preocupéis chinos o brasileños, por fin comprendemos y vamos a ampliar el G8 y lo que sea necesario; os vais a sentar con nosotros en todas las mesas, igual hasta resolvemos pequeños detalles como que el Benelux tenga más votos que China en el FMI. Eso sí, todo en el marco de la forma americano-europea de hacer la cosas, como toda la vida». Me temo que esta vez eso no va a bastar y que el futuro pasará por otra forma de hacer las cosas que ya no será exactamente la nuestra.

lunes, 10 de marzo de 2014

Demasiada regulación para un solo país



(La columna de Pablo Rodríguez Suanzes en El Mundo del 7 de junio de 2009. Aunque los datos sean algo viejos, hay conclusiones que siguen siendo válidas)

[A principio de junio de 2009] las conclusiones de un estudio titulado La Evolución de la Regulación del Comercio Minorista en España y sus implicaciones macroeconómicas (www.bde.es/informes/be/docs/dt0908.pdf) En él se indicaba que Asturias, Extremadura, Aragón, Canarias, Baleares y Andalucía acompañan a Cataluña como las comunidades «más hiperreguladas» de España. Lejos de disputas teóricas, las conclusiones son más preocupantes: «Se encuentra evidencia de que una mayor regulación estaría asociada a una mayor inflación, una menor ocupación en el sector y una mayor densidad comercial».

Curiosamente, Andalucía (24,04%) y Canarias (26,12%) están al frente de la tasa de paro de España, según el Instituto Nacional de Estadística (www.ine.es/daco/daco42/daco4211/epapro0109.pdf), hasta el punto de que la prensa de las Islas comparó […] ese dato con el de la Franja de Gaza. Los españoles no se muestran especialmente favorables a la reducción de la regulación, pero no son los únicos. Sin ir más lejos, una encuesta de abril del Pew Research, un think tank norteamericano, muestra que sólo el 44% de los estadounidenses considera «bueno» el libre comercio para su país (http://pewresearch.org/pubs/1205/support-for-free-trade-up). La cifra es muy baja, pero todo un éxito respecto a 2008, cuando registró su mínimo «histórico» hasta caer al ¡35%!

Esa tendencia de los ciudadanos no se debe sólo a la crisis, sino a otro hecho: EEUU no es el país ultraliberal (sic) que muchos creen. Según el Departamento de Comercio (www.bea.gov), «uno de cada seis dólares que ingresa un ciudadano llega en forma de cheque estatal o federal», según publicó el USA Today (www.usatoday.com). En el primer cuatrimestre de 2009, coincidiendo con la presidencia de Barack Obama, «beneficios como la Seguridad Social, cupones para alimentos. seguros de desempleo y médicos supusieron el 16,2% de los ingresos personales», la cifra más alta desde 1929. Via el blog de J.M. Guardia (barcepundit.blogspot.com).

sábado, 8 de marzo de 2014

Las virtudes ocultas de la recesión



(Un texto de Michael Gerson en el suplemento económico de El Mundo del 22 de febrero de 2009)

Tiene lugar en estos momentos un debate poco importante pero enconado acerca del impacto de un revés económico sobre su salud. Según la opinión tradicional, el desempleo puede provocar una especie de gripe de la recesión, una ansiedad que conduce a fumar de forma compulsiva, a hábitos de alimentación malsanos y a ese problemático remedio, el alcohol. Diversos estudios relacionan las crisis financieras personales con enfermedades cardíacas, depresiones y suicidios. 

Existe, sin embargo, un inesperado contra argumento. Christopher Ruhm, de la Universidad de Carolina del Norte, ha confirmado que una recesión incrementa la incidencia de problemas mentales. Pero ha descubierto también que la salud física, en realidad, mejora con un descenso de medio punto en la tasa de mortalidad por cada punto que se eleva la tasa de paro, pues en momentos económicos difíciles, la gente parece hacer más ejercicio, coge menos el coche, reduce el consumo de tabaco y cocina alimentos más sanos en casa, pues eligen controlar el resto de las cosas que hay en sus vidas que están a su alcance.  Hay un debate paralelo en torno a la influencia de los momentos económicos difíciles sobre la salud moral de la nación. Indiscutiblemente, los problemas sociales más acusados -la delincuencia, los embarazos fuera del matrimonio- se concentran en las áreas de pobreza más elevada. Pero sociólogos y criminalistas llevan mucho tiempo sopesando una paradoja evidente. Durante la Gran Depresión -con alrededor de un cuarto de los estadounidenses en el paro-  la delincuencia y los divorcios descendieron.
Durante la relativa prosperidad de los años 60 y 70, los índices de criminalidad se dispararon y las familias se rompían con facilidad. Las recesiones y las depresiones son bestias pardas que se ceban en los que no tienen ocupación, en especial los pobres y los jubilados. Hay demasiado sufrimiento inherente durante una recesión para llegar a celebrar su llegada. Pero los momentos de inquietud económica pueden ser momentos de renovación cultural. «Una hipótesis razonable», argumenta James Q. Wilson, «es que la Depresión obligó a las familias a cerrar filas, y esta cohesión inhibió la delincuencia». Muchos estadounidenses que salieron adelante entonces adoptaron un conjunto de hábitos morales y económicos como el ahorro, el compromiso familiar y el consumo modesto que se prolongó durante sus vidas, pero que ha decaído durante las nuestras. La generación de la Depresión controlaba las cosas que podía controlar, incluyendo su propio consumo y su carácter.

Vemos indicios de este tipo de reacción a nuestra recesión actual, que tiene causas morales tan claras (el estallido de una burbuja alimentada mediante el endeudamiento irresponsable, el consumismo y la inexplicable afición a los riesgos). 

Durante una crisis económica, los estadounidenses vuelven al lenguaje de la moralidad. El exceso y la imprudencia quizá sean vicios merecedores del estigma social. La frugalidad y la prudencia quizá sean virtudes personales así como prácticas que evitan el colapso económico. Quizá haya una distinción que hacer entre cubrir nuestras necesidades y dejarse dominar por nuestros impulsos.

Me sería difícil recomendar el ascetismo escribiendo en mi modernísimo MacBook mientras picoteo delicias artesanales de queso (estoy bromeando en lo del queso). Pero muchos estadounidenses inmersos en este revés económico parecen estar descubriendo que los entretenimientos menos caros, como el tiempo en familia, son los que más llenan; que las comidas en restaurantes de cinco tenedores no siempre son las más satisfactorias, y que las tareas previamente delegadas -desde la jardinería a la atención a los niños pasando por el mantenimiento del tinte- se hacen mejor cuando las hace uno mismo.

Comentando esta tendencia en The New York Times, sin embargo, una peluquera advierte: «En ocasiones la gente me viene con un pelo naranja butano».

Las suspicacias con el consumismo están siendo poderosamente reforzadas a través de realidades económicas junto a preocupaciones medioambientales.

Pero el rechazo al materialismo se basa en último término en la opinión espiritual de la naturaleza humana. El Papa Juan Pablo II advirtió contra «volver a la gente esclava de posesiones y de la gratificación inmediata, sin más horizonte que la multiplicación o el reemplazo permanente de las cosas que ya poseen con otras mejores». En la práctica, una orientación menos material de la vida (asumiendo que las necesidades básicas estén cubiertas) amplía nuestros horizontes, como escapar de la mazmorra de nuestros propios deseos.

Siempre ha sido un temor oculto de los capitalistas que el éxito del libre mercado terminara minando la base moral del mismo, y que la prosperidad decadente acabara por disolver valores como la prudencia y la gratificación no inmediata. 

«El capitalismo», argumentaba el economista Joseph Schumpeter, «crea un marco mental en el que, tras haber destruido la autoridad moral de tantas otras instituciones, finalmente se vuelve contra sí mismo».
Pero el capitalismo podría autocorregirse en este terreno, como en tantos otros. Una recesión provoca un sufrimiento que puede abrumar a la esperanza. Pero también puede conducir al redescubrimiento de virtudes que hacen posible la prosperidad sostenida en el tiempo y que añaden riqueza no material a nuestras vidas. En ocasiones el consuelo llega de fuentes inesperadas.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Los defectos de las autoridades públicas



(Un artículo de Ricard González sobre los responsables de la crisis, en El Mundo del 13 de septiembre de 2009)

Un asunto discutible es hasta qué punto las instituciones públicas podrían haber evitado la explosión de la crisis financiera, pero de lo que no hay duda es que, como mínimo, no estuvieron a la altura de las circunstancias. Uno de los personajes que se ha llevado más palos por parte de la prensa estadounidense especializada es Christopher Cox, el ex presidente de la entidad reguladora de la Bolsa (SEC, por sus siglas en inglés).

Su organismo no sólo fue incapaz de destapar la estafa multimillonaria de Madoff, sino que tampoco mostró el celo escrutador necesario ante las prácticas de dudosa viabilidad de los grandes bancos de inversión como Lehman Brothers o Merrill Lynch. Cox argumenta que no tenía suficientes poderes para intervenir en unos mercados financieros altamente desregulados. Y tiene parte de razón. Durante los últimos 15 años, el Congreso de EEUU, con Phil Gramm a la cabeza, y la Casa Blanca han aprobado diversas medidas encaminadas a eliminar varios de los mecanismos de control de la banca que, de haber estado aún en vigor, quizás podrían haber frenado a tiempo el desastre, o al menos haberlo minimizado.

Otro al que le han llovido las críticas […]ha sido Alan Greenspan. Quien fuera apodado 'El Oráculo', fue incapaz de presagiar la burbuja inmobiliaria que estaba creando su política de bajos tipos de interés, y además, puso su sello de aprobación a las políticas de desregulación en boga en los años noventa. El propio Greenspan reconoció en una audiencia en el Congreso que se equivocó al creer que las compañías financieras se podían regular a sí mismas.

martes, 4 de marzo de 2014

Culpables con los bolsillos llenos



(Un artículo de Ricard González sobre los responsables de la crisis, en El Mundo del 13 de septiembre de 2009)

Una crisis financiera sistémica como la experimentada estos últimos dos años no puede ser atribuida a un solo culpable. Ni siquiera a un puñado. Es más bien el resultado de las acciones de miles de personas que pecaron de imprudencia, ignorancia o exceso de avaricia. Sin embargo, es cierto que, por las posiciones de responsabilidad que ocupaban, a algunos les corresponde una mayor parte de culpa.

Tras el colapso de Lehman Brothers y la consiguiente aprobación de un astronómico plan de rescate para los mercados financieros por el Congreso de los EEUU, la ira popular se concentró sobre todo en Wall Street, y especialmente en sus ejecutivos. Uno de los que tuvo en el disparadero fue Richard Fuld Junior, el director ejecutivo de la compañía hasta su hundimiento. Fuld no sólo tomó la nefasta decisión de sumergir de lleno la compañía en la economía de las hipotecas basura, sino que a cambio, recibió la friolera cantidad de 500 millones de dólares en compensaciones -más de 350 millones de euros-.

Sin embargo, la idea de crear hipotecas basura no fue de Fuld, sino que se atribuye a Angelo Mozilo, cofundador de Countrywide, la compañía especializada en hipotecas más importante de EEUU hasta su absorción por Bank of America. Mozilo dejó la empresa unos meses después con una compensación multimillonaria, y con 11 pleitos con las fiscalías públicas de varios Estados por préstamos fraudulentos, lo que supuso unas multas de cerca de cerca de 9.000 millones de dólares.

Según los expertos, si alguien puede competir, e incluso superar, a Fuld en incompetencia, ése es Jimmy Caine, considerado uno de los peores directores ejecutivos de Wall Street de la historia. Al frente de de Bear Stearns, otro gigante que tuvo que ser salvado de la quema en el último momento por JP Morgan, Caine solía tomarse fines de semana de tres días y medio para ir a jugar al golf, o participar en  torneos de bridge. Tan mal dejó la  compañía, con cerca de 40.000 millones de dólares invertidos en hipotecas basura que no valían nada, que el precio de la venta a JP Morgans fue menor que el de su propia oficina.

Si bien el colapso de Lehman fue el que desencadenó la etapa de  mayor furor de la crisis, el de la aseguradora AIG fue casi tan estrepitoso como aquél, y de consecuencias igualmente horrorosas. El principal responsable de ello fue Joe Cassano, el que fuera director de la unidad financiera de la compañía.

Cassano apostó a fondo por los productos derivados (credit default swaps, en inglés), lo que Warren Buffet ha calificado de «armas de destrucción financiera», y el resultado ha sido que los contribuyentes estadounidenses han tenido que dejarse 150.000 millones de dólares -unos 105.000 millones de euros- para poder mantener AIG a flote.

Aunque los ocasos de todas estas compañías se deben primordialmente a las erróneas decisiones de sus directivos, la crisis no habría alcanzado unas proporciones tan enormes si aquéllos destinados a supervisar sus acciones hubieran hecho su trabajo. Y es que, mientras los bancos de inversión se dedicaban a jugar a la ruleta rusa con sus productos financieros, las agencias de calificación de riesgo continuaban otorgándoles el prestigioso sello del AAA. En este sentido, a Kathleen Corbet, la máxima responsable durante años de Standard & Poor's, la mayor agencia de calificación, también le corresponde buena parte de culpa de todo este desaguisado financiero que hemos experimentado.

lunes, 10 de febrero de 2014

Cisnes negros

(Un artículo de David Jimenez en El Confidencial del 20 de febrero de 2008)

Un “cisne negro” es aquel evento o fenómeno altamente improbable a priori, de gran impacto cuando ocurre, y racionalizado y explicado como lógico a posteriori por los observadores convencionales de la realidad. Lo han sido, por ejemplo, las numerosas crisis de los mercados financieros de los últimos años. En las dos últimas décadas, hemos vivido derrumbes en los mercados financieros en 1987, 1991, 1994, 1998, 2001-03 y desde verano de 2007 hasta hoy. Todos ellos llegaron de manera más o menos sorpresiva (por el momento en el que ocurrieron o por la gravedad que revistieron); pero todos ellos han sido explicados posteriormente como lógicos y casi inevitables, e incluidos como parte coherente de la narrativa histórica que explica el comportamiento de los mercados y de la economía de nuestro tiempo.

En opinión de Taleb, racionalizamos el pasado porque necesitamos narrar y entender como lógico lo que ha ocurrido. Pero perdemos el tiempo tratando de hacer modelos de la realidad que extrapolan hacia el futuro comportamientos suaves y continuos, ysencillamente excluyen por improbables aquellos fenómenos que cambian la realidad de manera dramática. Ni la invención de la rueda, la imprenta o la electricidad, ni las revoluciones tecnológicas del siglo XX pudieron preverse en las concepciones del mundo anteriores a las mismas.

La conclusión es que los humanos somos más bien malos haciendo pronósticos y evaluando la probabilidad o el impacto de eventos posibles pero que caen fuera de nuestro horizonte imaginativo inmediato. ¡Pensemos que después de haber vivido seis cracks financieros en los últimos veinte años, seguimos confiando en modelos que esperan que éstos ocurran una vez cada varios miles de años! Para Taleb, no es que necesitemos mejores modelos, es que hay que aprender a pensar “fuera del modelo” con mayor libertad e imaginación, comprender que el mundo contiene riesgos no cuantificables, y no descartar como imposible aquéllo que no podemos incluir en nuestros cálculos.
Hasta hace pocos siglos, se creía que todos los cisnes eran blancos. Todos los conocidos lo eran. Pero la ausencia de evidencia de cisnes negros no era evidencia de su ausencia. Cuando apareció un sólo cisne negro, la propia definición de cisne debió cambiar. Por definición, no sabemos qué aparición sin precedentes va a echar por tierra cualquier categoría establecida, o qué fenómeno imprevisto va a arruinar cualquier proyección a largo plazo. Pero por experiencia, sabemos que alguno ocurrirá que dé al traste con buena parte de nuestras proyecciones. El “empiricismo escéptico” de Taleb (por usar el nombre que él mismo da a su filosofía) no ofrece soluciones prácticas para identificar o anticipar el siguiente cisne negro, ya sea negativo (un desastre en los mercados) o positivo (una nueva moda o un best seller editorial). Sería contradictorio si así fuera. Muchos ven en ello la gran debilidad de sus razonamientos. Pero desde luego su libro consigue intrigar al lector lo suficiente para que éste se cuestione la validez de sus certidumbres más comunes acerca de los mercados y del futuro del mundo en general.
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