viernes, 8 de agosto de 2014

The ‘Tax day’



(Extraído de la columna de Pablo Rodríguez Suanzes en el suplemento económico de El Mundo del 18 de abril de 2010)

[…] el Tax Day, el Día de los Impuestos. La particular conmemoración obedece a que, desde 1955, el 15 de abril es el último día en que se puede enviar la declaración de la renta (www.efile.com/tax-day/tax-day). En 2009, nació el movimiento del Tea Party, una serie de protestas organizadas a lo largo y ancho de EEUU contra el TARP, el programa de rescate del sistema financiero de Bush. El 15 de abril de ese año, el grupo organizó la Tax Day Tea Party of 2009, multitudinarias marchas contra la política fiscal. […] con una creciente hostilidad hacia Barack Obama, el movimiento es un fenómeno político de primer nivel (www.taxdayteaparty.com). 

miércoles, 6 de agosto de 2014

El arte, el dinero y la evolución



(Un artículo de Carlos Salas en el suplemento económico de El Mundo del 18 de abril de 2010)

En 1993, Vitaly Kornar y Alexander Melamid se propusieron pintar el cuadro más deseado del mundo. Estos dos artistas ex soviéticos habían aterrizado en EEUU con la intención de hacerse un nombre en el mundo de la pintura. Y se les ocurrió una idea llamativa: realizar muchas entrevistas por el mundo para saber cuál sería el óleo ideal, y, también, el cuadro que nadie colgaría en la pared.

Llegó la sorpresa. En todos los países, la gente deseaba un paisaje panorámico lleno de verdes prados, una montaña, un río o un lago y algún árbol. Muy normalito. Los pintores se pusieron manos a la obra y en EEUU realizaron un óleo con un extenso prado, un lago, un árbol espigado, dos renos y varios seres humanos, uno de los cuales era George Washington. Más o menos, el mismo cuadro (aunque sin el prócer) era el más deseado en China, Rusia, Dinamarca, Kenia, Finlandia y en un montón de países que no tenían mucho que ver entre sí. Los autores también pintaron los cuadros que nadie quería ver, y les salió en todos los casos algo lleno de cubos y figuras geométricas (echen un vistazo a http://awp.diaart.org/km/painting.html).

¿Y qué motivo existe para amar los paisajes bucólicos? Es lo que se pregunta Denis Dutton en su fascinante libro El instinto del arte (Paidós). La respuesta es Darwin: la especie humana asocia el color verde de los prados y el agua, con comida y refugio. Miles de años de evolución explican nuestros gustos artísticos básicos.

Gustos que no tienen que ver con las tendencias del mercado del arte. La pintura abstracta o el arte conceptual atraen masas de dinero, pero la mayoría de la gente no los colgaría ni en el cuarto de los trastos. ¿No es un poco estremecedor?

Cuando se compara el mercado del arte con el cine o la literatura, saltan muchas diferencias. Por ejemplo, el pueblo tiene voz y voto en el cine y en la novela porque su gusto eleva a la categoría de éxito mundial algunos de esos frutos. Pensemos en Avatar, y sus 2.000 millones de euros de recaudación, o en los superventas de Arturo Pérez Reverte. Pero cuando se entra en una galería de arte, se penetra en la dimensión desconocida. El 15 de septiembre de 2008, mientras las Bolsas se derrumbaban por la quiebra de Lehman Brothers, el artista inglés Damien Hirst vendía en Sotheby's, por 13 millones de euros, una vaca sumergida en una pecera con formol.

¿Compraría alguno de ustedes una vaca en alcohol? Lo voy a poner más fácil. ¿Un conejito? ¿Una tortuga? ¿Una cucaracha? También hubo alguien que aquel día pagó 12 millones de euros por un tiburón en formol de Hirst en Sotheby's. El autor recaudó más de 80 millones de euros en el lunes negro de las Bolsas.

El mundo del arte produce paradojas aún más divertidas. En 1937, el Museo Boymans de Amsterdam presentó al mundo un hallazgo que causó estupor: Cristo y los discípulos de Emaús. Pintado por Johannes Vermeer en el siglo XVII, este óleo habla pertenecido a una familia italiana que lo había mantenido oculto durante varias generaciones. El catedrático de Historia de la pintura flamenca Abraham Bredius resaltó la obra como «una de las mejores de Vermeer», y añadió que «cada centímetro del lienzo» era del autor holandés. Ya saben lo que siguió: «espléndido efecto luminoso», «colores característicos«, «Cristo en un tono maravilloso», «la armonía general con el resto de los colores», «sentimiento y comprensión profunda de la Biblia... ».

Las multitudes se agolparon ante la obra maestra. Pero había un personaje en la sala de exposición que refunfuñaba. «No puedo creer que pagaran medio millón de florines por esta falsificación». Se llamaba Han van Meegeren, y cuando le preguntaron en qué basaba su desprecio, respondió: «Es que yo soy el falsificador».

Al conocerse la suplantación, el cuadro fue descolgado y perdió su valor. Sin embargo, ¿por qué valía tanto antes y tan poco después? Dutton lo explica de nuevo con la teoría de la evolución. Estamos preparados para crear sociedades, y desarrollar emociones. Una de ellas es la admiración por la excelencia alcanzada por otra persona. ¿Por qué? Porque la admiración motiva «a mejorarse o a imitar a la persona adecuada». Rechazamos a los falsificadores porque traicionan esta emoción, y porque no son auténticos.

El mundo del arte y del coleccionismo tiene más cosas disonantes. En 1961, el artista italiano Piero Manzoni creó un lote de decenas de envases con sus excrementos a los que llamó Merda d'artista. En 2001 la Tate Gallery compró uno de ellos por 61.000 dólares. En la etiqueta dice: «Mierda de artista, peso neto treinta gramos. Conservada en fresco y producida y enlatada en mayo de 1961».

También se han vendido garabatos o una raya sobre un lienzo. Hace años, una visita guiada para periodistas a una exposición en el Guggenheim de Bilbao acabó en risas. La azafata se detuvo a explicar el significado de un lienzo que sólo contenía una raya horizontal. La chica reconoció que le pagaban por dar esa charla ridícula. Los que formábamos parte de su público asentimos. Los marchantes explotan comercialmente el esnobismo, de la misma forma que los restaurantes de cinco tenedores explotan a los filisteos del vino como yo, que no distinguen entre un Don Simón y un Vega Sicilia.

De todos modos, la discusión sobre si una obra es arte o basura nunca conduce a ningún sitio. La obra de Manet Olympia, expuesta en 1865, causó un enorme escándalo. Se aceptaban desnudos mitológicos, pero no modernos. Además era una prostituta. Hoy es admirada.

Muchos cuadros escandalizaron en su tiempo, pero luego se convirtieron en la norma. Siempre hay que tener la puerta abierta a los experimentos. Pero, por más experimentos que hagamos, el gusto del pueblo siempre será el mismo, según los darwinistas. Basta con fijarse en las reproducciones de los calendarios o las que adornan las habitaciones de los hoteles normales y corrientes: tienen un prado, una montaña y un lago.

lunes, 4 de agosto de 2014

El riesgo soberano



(Un artículo de Luis de Guindos en el suplemento económico de El Mundo del 21 de febrero de 2010. Pura arqueología económica)

El riesgo soberano es el concepto más citado en las últimas semanas y también el más temido, pero hace apenas un año se ignoraba y no se contemplaba como una amenaza potencial. Entonces, se trataba de evitar el colapso económico y financiero, y la solución eran los programas de estimulo fiscaI -incluso cuanto más grandes mejor-, y de expansión monetaria. Hemos visto cómo se llegaba a monetizar los déficit públicos, al adquirir los bancos centrales, directa o indirectamente, la deuda emitida. No se prestaba, entonces, atención a las consecuencias y daños laterales que dicha política pudiera llegar a generar. En concreto, la posibilidad de que una vez que se retiraran los apoyos monetarios de carácter excepcional, el tsunami de deuda fuera de tal magnitud que los mercados empezaran a penalizar a aquellos países cuyas finanzas públicas se percibieran como especialmente vulnerables.

Esto es lo que ya está ocurriendo, y con una intensidad insospechada. El caso más evidente, aunque no único, es el de Grecia. El riesgo surge por la posibilidad de que el país emisor muestre un deterioro de tal calibre en sus cuentas públicas que impida el servicio, en los plazos acordados, de la deuda pública emitida. Existen dos variables fundamentales para intentar valorar dicho riesgo: el déficit público y el ratio deuda pública/PIB. Este último depende lógicamente del primero, aunque también de otros factores como el crecimiento del PIB nominal y los niveles de tipos de interés a lo largo de su curva de plazos.

El riesgo soberano de un país se agrava cuando se deteriora su déficit público y el peso de la deuda pública crece rápidamente respecto a su PIB. La primera reacción de los mercados suele consistir en exigir una mayor rentabilidad a la deuda, lo que hace crecer adicionalmente la carga financiera, ensanchando el déficit aún más en una especie de círculo vicioso Si el endeudamiento se percibe que puede llegar a ser explosivo, entonces la única salida es un programa de consolidación fiscal que permita reducir el déficit y, en consecuencia, el peso de la deuda pública. El problema fundamental viene de que dicho proceso de consolidación tarda tiempo en producir sus efectos en términos de reducción del déficit. Por ello, resulta prioritario que los mercados de capitales otorguen credibilidad, y tiempo para mostrar sus frutos, al plan de ajuste presupuestario planteado.

Un riesgo adicional viene de la posibilidad de que el país devalúe su divisa, con lo que los prestamistas internacionales podrían sufrir una pérdida adicional en su propia moneda. Tradicionalmente, el riesgo soberano se solía asignar a países en desarrollo, en los que convivían el deterioro presupuestario con inflaciones elevadas y un déficit exterior galopante. Sin embargo, al igual que ocurrió con la crisis financiera en el 2007, en este caso el origen de los problemas se ha producido en una economía desarrollada, miembro de la UE y del euro, como es Grecia, y ha amenazado con extenderse a más países de la zona.

Las causas del drama griego son varias. Primero, la sorpresa y falta de credibilidad de sus estadísticas, ya que tras la llegada de un nuevo Gobierno se dobló el déficit estimado, hasta superar el 12% en 2009. Pero la razón fundamental está en la percepción de que Grecia ha podido cruzar la línea de lo que son unas finanzas públicas sostenibles, y ello le puede llevar no sólo a un potencial impago de la deuda, sino a abandonar la zona euro. Y es que la economía helena sufre de un problema de pérdida importante de competitividad, que en el seno de una unión monetaria únicamente puede ser corregido a través de un ajuste de precios y salarios a la baja, lo que determina un periodo largo de reducido crecimiento, y hace muy difícil volver a unas cuentas públicas saneadas.

En concreto, el Gobierno griego ha presentado un programa de estabilidad que plantea reducir su déficit público en cerca de 10 puntos del PIB en tres años, empezando por un recorte de cuatro puntos en 2010. Este ajuste fiscal tendrá sin duda un efecto contractivo sobre la actividad, que algunos estiman entre 10 y 15 puntos de crecimiento, puesto que la caída de gasto público se trasladará íntegramente al nivel de renta. Y es que resulta poco probable que el gasto privado o la exportación, en las condiciones actuales de la economía griega, compensen, incluso parcialmente, la política fiscal contractiva. Para una sociedad tan subsidiada como la helena, un panorama como el anterior va a resultar difícil de aceptar, y sin duda originará una ola extensa de descontento social. Esta realidad cuestiona la capacidad de ejecución del plan de reducción del déficit y sólo deja dos caminos: el rescate por parte de los países ricos del euro o su salida de la moneda única.

Por todo ello, no resulta extraño que el ataque contra Grecia, o mejor dicho el pánico al país heleno, haya sido de una virulencia similar a los que sufrían los bancos en el peor momento de la crisis financiera, o a los que padecieron las divisas del Sistema Monetario Europea, hace ya más de 15 años, tras el No danés al Tratado de Maastricht. Este ataque no se ha limitado a la deuda griega o la cotización de los bancos helenos, que son los más perjudicados por el deterioro del riesgo soberano, sino que también ha llegado a afectar a la cotización del propio euro. Y es que el caso griego, aunque único en su gravedad, puede también acabar extendiéndose y contaminando a otros países con pérdidas importantes de competitividad, un nivel excesivo de deuda privada y un deterioro intenso de sus cuentas públicas.

El riesgo soberano se va a convertir en algo muy presente en nuestra vida económica, y escaparse de sus consecuencias va a exigir esfuerzos importantes. y, por desgracia, nos vamos a acordar de los errores de política económica del pasado, que ayudaron a que hoy dicho riesgo sea más que una simple amenaza.

sábado, 2 de agosto de 2014

¿Hay razones para que España siga en el euro?



(Un artículo de Rafael Pampillón Olmedo en el suplemento económico de El Mundo del 27 de septiembre de 2009. Pura arqueología económica)

El 14 de septiembre, The WaIl Street Journal (WSJ) publicó un artículo en portada titulado Spain's Struggles Illustrate Pitfalls of Europe's Common Currency (Los problemas de España ilustran las dificultades de la zona euro) donde se ponla de manifiesto la baja competitividad de la economía española, que se está agravando últimamente por la fortaleza del euro frente al dólar. Esta pérdida de competitividad se manifiesta en la pérdida de puestos en el ranking a tal efecto del World Economic Forum (del 22 del mundo al 33, en 10 años).

El artículo explica que un país puede recuperar su competitividad mediante devaluaciones de su divisa o innovación. Efectivamente, antes de su incorporación al euro, España devaluó la peseta en varias ocasiones para salir de las crisis económicas. WSJ señala que como España no tiene ahora moneda propia para devaluar, deberá ganar competitividad a través de rebajas salariales y de precios respecto a sus socios de la zona euro. Desgraciadamente, hay una fuerte resistencia a bajar precios y salarios, por lo que España seguirá siendo muy poco competitiva. La otra opción sería salirse del euro para poder devaluar.

Algunos han señalado que de no haber estado en el euro, en 1999, la política monetaria hubiera seguido otros derroteros y el Banco de España hubiera subido más los tipos de interés de lo que lo ha hecho el BCE (que los ha mantenido muy bajos). Con tipos más altos el crecimiento hubiera sido menor, pero quizá con una composición más equilibrada hubiera habido una menor demanda interna (incluida la de viviendas) y más exportaciones.

Es decir, con tipos de interés más altos se reducir el gasto público y el elevado habrían producido intervencionismo menores desequilibrios, una menor burbuja inmobiliaria pero también, probablemente, un menor crecimiento económico y mucha menos creación de empleo y menos inmigración. Esta fase baja del ciclo, que ahora padecemos, sería mucho menos dura y con menos desempleados. El euro explica, en parte, nuestros problemas actuales. Si esto es así ¿por qué es mejor que España forme parte del euro?

Las ventajas de estar en la moneda única son muchas y sobrepasan las que hubiéramos obtenido si no hubiéramos pertenecido a la eurozona. ¿Por qué? 1º) gracias al euro nuestra credibilidad internacional durante estos más de 10 años ha sido mayor y nuestros tipos de interés mucho más bajos, lo que nos ha permitido crecer muy por encima de nuestros socios europeos; el éxito económico español se debe al euro. 2°) Es muy probable que fuera del euro la competitividad derivada de la depreciación de la peseta hubiera perjudicado las exportaciones del resto de los países de la Unión Europea, lo que pondría en peligro nuestras buenas relaciones dentro de la UE. 3°) Al entrar en el euro se ha eliminado el riesgo del tipo de cambio, que ha permitido una gran accesibilidad de las empresas españolas a la financiación internacional lo que les ha facilitado su fuerte expansión en el exterior y la entrada de capital extranjero. 4°) Fuera de la moneda común la inflación española sería probablemente mucho mayor, y como consecuencia el tipo de cambio de la peseta sufriría una enorme volatilidad con respecto a otras monedas, lo que generaría bastante incertidumbre en las relaciones económicas de España con el resto del mundo.

Y 5°) una reintroducción de la peseta empeoraría la gestión de las finanzas públicas con aumentos en el déficit presupuestario y la deuda pública. Esto dispararía el riesgo país, por lo que resultaría mucho más caro obtener financiación en los mercados financieros internacionales. En resumen, los costes de estar dentro del euro son muy inferiores a los de abandonarlo.

Desechada la posibilidad de cambiar de divisa, y ante la imposibilidad de devaluarla, se puede aumentar también la productividad mejorando las infraestructuras, los niveles educativos, el mercado de trabajo y las tecnologías de la información y del conocimiento. También habría que reducir el gasto público improductivo y el elevado intervencionismo de los entes territoriales (creación de empresas públicas, control de las cajas de ahorros y aumento de tasas y de trámites burocráticos que generan lentitud e incrementos en los costes empresariales).

Con ello la confianza en nuestros gobernantes mejoraría y, lo que es más importante, nos pondríamos en camino para resolver los problemas que padece la economía española. De no seguir este camino lo único que nos espera es una larga crisis económica como las que han tenido Japón, Italia y Portugal, durante 10 años. Y entonces sí que habría que hacer las reformas estructurales y soportar, durante muchos años, rebajas salariales como las que propone WSJ, que nos permitan ganar competitividad y poder así salir de la crisis.
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