martes, 9 de septiembre de 2014

Festivos y calendario laboral: en España no trabajamos menos que los demás



(Un texto de L. Abellán y A. Romero en El País del 21 de noviembre de 2013 –lo de EEUU lo ha escrito S. Pozzi. Y no, en España no tenemos más que todos los demás…)

 La tradición dicta que los europeos celebran sus días de gloria descansando. La costumbre no había suscitado mayores recelos hasta que la crisis económica colocó los festivos en el punto de mira de los recortes. En España, el Gobierno persigue desde hace tiempo una reordenación de las fiestas para evitar los puentes […]

Sin la urgencia que pretendió en un primer momento, el Gobierno trabaja en los cambios legales que permitirán desplazar determinados festivos para reducir los macropuentes. Los sindicatos y la patronal mostraron su acuerdo, pero la Iglesia se ha resistido a mover algunas festividades religiosas. Un rápido vistazo al panorama europeo demuestra, además, que el debate resulta o más cosmético que asentado sobre bases sólidas.

Al igual que España, todos los países cuentan con un número de festivos -en general, entre 10 y 15, más que en el caso español- repartidos a lo largo del año y que complementan las vacaciones ordinarias. La mayoría de estados de la UE mantienen estable la cifra, aunque las estrecheces de los últimos años han supuesto ya la reducción de algunos festivos (por ejemplo, en Portugal).

Establecer una relación entre esas libranzas y la productividad laboral resulta muy tentador, pero poco veraz con las cifras en la mano. Aunque no existen datos armonizados, la comparativa que publica cada año el Diario Oficial de la Unión Europea desmonta algunos mitos: España constituye, junto con Reino Unido, el segundo país con menos festivos oficiales (ocho cada uno en 2013), mientras Bélgica figura a la cabeza, con 20, seguida de Eslovenia (17), Eslovaquia (16), Lituania y Chipre (15). Por el contrario, países como Italia, Portugal y Grecia registran niveles más modestos.

Las fechas, en cualquier caso, no son homologables. En algunos países, como España, los datos recogen estrictamente los festivos comunes a todo el territorio (lo que excluye el Jueves Santo), mientras en Bélgica el espectro se amplía a festividades regionales.

El debate se complica mucho más si en lugar de los días festivos se observa el tiempo de trabajo en su conjunto. Ahí Europa sí cuenta con datos homogéneos y los resultados son rotundos: los países con mejor desempeño económico cuentan con jornadas laborales más cortas (Holanda, con 30 horas a la semana; Alemania con 35, y los nórdicos con una barquilla entre 33 y 37), mientras los menos desarrollados llegan a superar las 40 horas semanales. España, con 37,9, se sitúa por encima de la media de 37,2 horas, según los datos de Eurostat, la agencia estadística comunitaria, relativos al tercer trimestre de 2013.

Pese a estos resultados, los países en dificultades no han podido evitar que se busque ampliar el tiempo de trabajo como medida anticrisis. El resto mantiene sus festivos sin controversias. La lista europea incluye, en general, el 1 de enero, uno o varios días en Semana Santa, el 1de mayo, el 1 de noviembre y el 25 de diciembre. A esas fechas comunes cada país le añade sus propias peculiaridades, de tipo religioso y civil.

PORTUGAL
Entre las exigencias por mor de la productividad de la troika para Portugal se contaba la de reducir los días festivos. El Gobierno del conservador Pedro Passos Coelho anunció en 2012 que el calendario de fiestas, que incluía por entonces 14 días, se debía reducir, ya en 2013, a 10. Una vez que la población, resignada, aceptó el enésimo recorte (este en el tiempo de descanso y no en el bolsillo), se estableció una discusión con los agentes sociales y con el Vaticano para elegir qué días debían de caerse del calendario. Desde el principio se decidió que serían dos con motivo religioso y dos con motivo civil. Al final, cuatro días hasta ahora festivos son desde este año laborables (y en principio hasta 2018).

ITALIA
Los italianos cuentan con 12 días festivos: 11 fiestas nacionales y una de carácter local que, en la mayoría de los casos, suele coincidir con el día del santo patrón. El calendario laboral no se fija año por año. Las fiestas se establecieron inicialmente mediante una ley de 1949, que ha sido objeto de posteriores intervenciones legislativas para suprimir fiestas.

Cuando alguna cae en domingo, no se recupera. Tampoco está previsto pasar al lunes las que caigan entre semana. En 2011 hubo una propuesta del Gobierno Berlusconi para pasar al lunes las fiestas civiles y al domingo siguiente las locales o patronales, pero no prosperó. Históricamente ha ido disminuyendo el número de festivos. El recorte más drástico se realizó mediante una ley de 1977 que suprimió siete de un tajo.

FRANCIA
Los festivos, puentes y vacaciones están estipulados por el Código de Trabajo, el equivalente al Estatuto de los Trabajadores. Los días de fiesta legales son una síntesis de la tradición católica, sindicalista y republicana. Las empresas pueden conceder de uno a dos días libres a sus empleados entre un festivo y el día de reposo semanal. Desde 2012, si el día festivo cae en jornada laborable, el asalariado lo cobrará como trabajado si tiene al menos tres meses de antigüedad.

Desde que se aprobó en 2001 la ley de las 35 horas semanales, muchos franceses libran tres o incluso cuatro días a la semana, y muchos aprovechan las frecuentes vacaciones escolares para ausentarse del trabajo durante una semana o 10 días. Además, los asalariados tienen derecho a dos días y medio de vacaciones pagadas por cada mes de trabajo efectivo, es decir, 30 días laborables de reposo.

ALEMANIA
El calendario laboral alemán difiere según la tradición religiosa de cada región, con nueve festividades comunes y otras que varían en función de la comunidad. Hay tres laicas, festividades católicas y festividades evangélicas. El 3 de octubre, Día de la Unificación, se celebra en todo el país la fiesta nacional desde 1990. También son festivos comunes el Día del Trabajo y el 1 de enero también es libre en toda Alemania. El resto de las festividades son religiosas. En todo el país hay otros seis festivos: Viernes Santo, Lunes de Pascua, Ascensión de Jesús, Pentecostés y Navidad (25 y 26 de diciembre).

BÉLGICA
Hay pocas reglas nacionales en Bélgica. El calendario oficial establece 10 días festivos para todo el territorio, a los que se suman otros tantos de tradiciones flamencas o valonas. El número de festivos ha permanecido estable en los últimos años y "no es objeto de polémica para nadie”, explican en el Ministerio de Empleo.

EE UU, sin fiestas nacionales oficiales
A diferencia de otros países, Estados Unidos no tiene fiestas nacionales oficiales, aunque sí cuenta con un calendario para funcionarios que sirve de guía para las empresas privadas. Es decir, cada uno lo sigue libremente. Las que siempre se observan son Año Nuevo, Memorial Day (último lunes de mayo), el Día de la Independencia, el Día del Trabajo (primer lunes de septiembre), el Día de Acción de Gracias (último jueves de noviembre) y el de Navidad. Wall Street cierra también en el cumpleaños de Martin Luther King y el de George Washington, también conocido como el Día de tos Presidentes. Sin embargo opera en Columbus Day, equivalente al día de la Hispanidad, y el de los Veteranos, consideradas fiestas federales.

El mercado de bonos de Chicago sigue las 10 fiestas federales y como en el parqué neoyorquino se observa también el Viernes Santo, que no es festivo para los empleados públicos. Hay otro día libre para los funcionarios, pero sólo aparece señalado en el calendario cada cuatro años: cuando toma posición el presidente de Estados Unidos.

Las tiendas solo cierran el día de Acción de Gracias y en Navidad, y algunas en Pascua. Si la fiesta cae en sábado, se suele adelantar al viernes, y cuando lo hace en domingo, pasa al lunes. No hay puentes. En este caso, como sucede con otras fiestas religiosas o de algún Estado, decide el empleador.   

domingo, 7 de septiembre de 2014

Tentación financiera



(La columna de Pablo Rodríguez Suanzes en el suplemento económico de El Mundo del 20 de octubre de 2013)

Cada año, cientos de estudiantes de las universidades más prestigiosas de EEUU optan por una carrera en el sector financiero al graduarse. ¿Son los mejores, los más brillantes y los menos productivos? ¿Son demasiados? Robert Shiller, flamante nuevo Premio Nobel de Economía, se hacía esa pregunta hace unos días en un artículo cargado de referencias (http://www.project-syndicate.org/commentary/the-rent-seeking-problem-in-contemporary-finance-by-robert-j--shiller/spanish). En 2006, el 25% de los alumnos de Harvard, el 24% de Yale y el 46% de Princeton seguían ese camino (http://economix.blogs.nytimes.com/2011/12/21/out-of-harvard-and-into-finance/?_php=true&_type=blogs&_r=1). Algunos (http://www.businessweek.com/bschools/blogs/mba_admissions/archives/2012/02/ivy_league_grads_reject_financial_services.html) creen que la crisis ha cambiado esa pauta. El 15% de los egresados de Harvard de este año irá a Finanzas, pero llegó a ser un 47% (http://maventrap.es/2013/05/29/como-son-en-harvard/). Ya en 2011 Patrick Bolton, Tano Santos, y José A Scheinkman se preguntaban: ls the Financial Sector too Big? (http://www.nber.org/papers/w16804.pdf).

Que tanta mente brillante opte por ese camino tiene consecuencias (http://www.elblogsalmon.com/sectores/la-otra-fuga-de-cerebros-por-octavio-medina). Por ejemplo, un número menor de patentes y menos empresas creadas. Irónicamente, el que haya crisis tiene un efecto positivo sobre la innovación, porque los bancos contratan menos y los jóvenes investigan (economics.mit.edu/files/7363). Las acusaciones de rent-seeking (buscar réditos sin generar ni aportar valor) son abundantes en el sector (http://www.economonitor.com/lrwray/2013/07/25/wall-streets-rent-seeking-vampires-kill-innovation/). Stiglitz entre ellos (https://www.youtube.com/watch?v=B9P35DiufsA).

¿Por qué? Sin duda (http://www.businessinsider.com/wall-street-interns-are-now-making-100000-per-year-quants-2011-5) una de las razones principales para elegir una carrera en finanzas son los sueldos (http://www.elmundo.es/elmundo/2013/06/14/economia/1371227736.html). Pero no es la única causa. Ezra Klein cree que la mala educación que se imparte en las universidades tiene parte de culpa (http://www.theatlantic.com/business/archive/2012/02/why-do-so-many-ivy-league-grads-go-to-wall-steet/253245/). Quizás es que a los alumnos les gusta la estabilidad, los objetivos claros y que los reclutadores son buenos (http://www.bostonmagazine.com/news/blog/2013/05/29/harvard-kids-do-finance-because-finance-asked-them-to/). O que no tienen buenos amigos que les impiden dejarse llevar por la tentación (http://techcrunch.com/2011/03/26/friends-don%E2%80%99t-let-friends-get-into-finance/).

viernes, 5 de septiembre de 2014

Ideas peregrinas: una rifa muy peculiar



 (La columna de Pablo Rodríguez Suanzes en el suplemento económico del 26 de abril de 2009)

El pasado [20 de abril de 2009], Gregory Mankiw, profesor de Economía de Harvard y ex asesor de George W. Bush publicó un artículo en The New York Times en el que sugería un peculiar método para luchar contra la recesión. La idea es de uno de sus alumnos: marcar un plazo de un año y ese día elegir al azar un numero del 0 al 9 y hacer que todos los billetes (de dólar) cuya serie acabe con ese número dejen de ser moneda de curso legal. ¿Qué se conseguirla con ello? Lograr que acumular dinero sea «menos atractivo», pues durante ese año, y ante la incertidumbre, la gente preferirá desprenderse del efectivo (incluso perdiendo una cantidad, pongamos el 3%) antes que esperar y perder hasta un 10% menos: http://gregmankiw.blogspot.com.

Descartando lo burdo (pero intencionado) del proceso de sorteo, la idea, aunque pueda parecer peregrina, recibió al día siguiente el respaldo de Paul Krugman, con el que Mankiw suele discrepar y discutir. En rigor, Krugman dice que «la idea, en principio, tiene sentido», y que él pensó algo parecido para Japón hace años, pero que este «no es el momento todavía», puesto que la propuesta exige aceptar cierta inflación a medio plazo y los banqueros centrales no están «todavía» dispuestos a ello (http://krugman.blogs.nytimes.com). Otros economistas también apoyan la idea de penalizar de alguna forma la acumulación para de esta manera incentivar el consumo, como recuerda Mankiw en su blog.

La idea de penalizar por tener el dinero no es nueva. En el siglo XIX, el alemán Silvio Gesell propuso algo similar. Juan Ramón Rallo, irritado con la propuesta, recuerda las propuestas de Gesell (crear un «billete que tuviera que sellarse semanalmente [...] y que perdería una milésima parte de su valor. Es decir, que el «dinero se depreciara un 5,2% cada año») y las consecuencias de la medida (http://revista.libertaddigital.com). La medida no gusta a los liberales, pero fue elogiada por Keynes. ¿Usted qué piensa? Si no sabe exactamente dónde posicionarse o quiere probar su dominio de la disciplina puede hacer el test Econ 2009: www.nytimes.com/pages/multimedia/index.html

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Ahogar el comercio: unidad, regulación y el efecto de la libertad



(La columna de Josune Ayestarán en el suplemento económico de El Mundo del 15 de diciembre de 2013)

[…] se publicaba en el BOE la Ley de Garantía de Unidad de Mercado, basada en el principio de licencia única, que busca reforzar la libre circulación de bienes, simplificar los trámites y contribuir a la competitividad. La ley permite a las empresas acogerse a su legislación de origen para operar en todo el país, sin necesidad de solicitar permisos específicos en cada región. Con la crisis, el camino hacia el crecimiento pasa por el ahorro de costes burocráticos e impuestos mínimos para dinamizar el consumo. Así lo expresa el estudio de Civismo Libertad Económica en España 2013: «Cuando las barreras administrativas para desarrollar un negocio resultan elevadas en términos de coste y tiempo, gran parte de la actividad se retrae». El informe concluye que existe una correlación positiva entre la libertad económica y la prosperidad de las regiones.

Según ese estudio, la excesiva regulación de algunas CCAA sobre el tamaño del establecimiento, las licencias y los horarios de apertura dañan la actividad comercial. Cataluña es un claro mal ejemplo. Así como Madrid se ha reinventado para ser la ciudad ideal para el turismo de compras, Barcelona ha perjudicado su potencial comercial con unos horarios restrictivos que obligan a cerrar cuando los turistas quieren comprar.

Londres ha eliminado todas las limitaciones horarias de apertura y se ha convertido en la ciudad europea con mayor atractivo para el turismo de compras. También en Francia las cosas empiezan a cambiar y las encuestas indican que el 71 % de los franceses estaría dispuesto a trabajar el domingo. Estos países saben que la libertad de comercio crea puestos de trabajo y genera una excepcional recaudación de IVA.  

lunes, 1 de septiembre de 2014

Nuestra obsesión con la depresión



(Un texto de Robert J. Samuelson en el suplemento económico del 26 de abril de 2009)

La Gran Depresión de los años 30 fue el acontecimiento económico más trascendental de todo el siglo XX. Constituyó una de las causas directas de la Segunda Guerra Mundial, puesto que posibilitó el ascenso al poder de los nazis en Alemania. Inspiró un nuevo Estado americano del bienestar como respuesta directa a la pobreza mísera. En todas partes desacreditó el capitalismo liberal. Teniendo en cuenta la crisis económica de hoy en día, nuestra renovada fascinación con la Depresión es natural. Sin embargo, no deberíamos trazar paralelismos con demasiada ligereza.

La Depresión fue excepcional en su ferocidad económica. Como escribe Liaquat Ahamed en Los amos de las finanzas: «Durante un período de tres años, el PIB neto de las principales economías perdió más del 25% y la cuarta parte de la población masculina adulta se quedó en el paro de pronto. La agitación económica generó dificultades en todo el mundo, desde las praderas de Canadá hasta las productivas ciudades de Asia». Cualquiera que desee conocer los porqués debe leer este absorbente libro.

Ahamed, gestor de fondos de profesión, atribuye la Depresión a dos causas centrales: la chapucera restitución del patrón oro en los años 20 y las masivas deudas intergubernamentales producto de la Primera Guerra Mundial, incluyendo las compensaciones alemanas.

Su relato bebe de la erudición de economistas como Milton Friedman, Ana Schwartz, Charles Kindleberger, Barry Eichengreen o Peter Temin. Pero Ahamed destaca a la hora de invocar las fuerzas políticas y personales que condujeron al desastre. Su título se refiere a cuatro hombres profundamente inmersos en las retorcidas políticas del momento: Montagu Norman, gobernador del Banco de Inglaterra; Benjamin Strong, gerente del Banco de la Reserva Federal de Nueva York; Émile Moreau, director del Banque de France; y Hjalmar Schacht, presidente del Reichsbank alemán. Su determinación a la hora de reinstaurar el patrón oro -percibido como imprescindible para la prosperidad global- trajo la ruina.

Bajo el sistema de patrón oro, cada divisa estaba respaldada por las reservas de oro. Si el oro ingresaba en un país (normalmente fruto de excedentes comerciales o de un crédito exterior), su masa monetaria y crediticia iban a crecer. Si el oro abandonaba el país, las masas monetaria y crediticia se iban a contraer. Durante la Primera Guerra Mundial, los gobiernos de Europa abandonaron el patrón oro. Financiaron la guerra en líquido y préstamos procedentes de América. El atractivo de restaurar el patrón oro residía en que iba a estimular la confianza al hacer fidedigna la divisa.

Desafortunadamente, la guerra perjudicó irreparablemente el sistema. Gran Bretaña, la principal potencia, se quedó con apenas el 7,5% de las reservas mundiales de oro en 1925. Juntos, Estados Unidos y Francia poseían más de la mitad del oro del mundo. La guerra había dilatado las reservas estadounidenses, y cuando Francia volvió al oro, lo hizo con un tipo de cambio tan castigado que impulsó sustancialmente las exportaciones y las reservas de oro. Mientras tanto, las compensaciones alemanas a Gran Bretaña y Francia fueron masivas, mientras esos países debían cantidades ingentes a Estados Unidos. El sistema financiero internacional estaba tan castigado por la deuda que «se fracturó ante las primeras tensiones».

Eso sucedió después de que el incremento en los tipos de interés estadounidenses en 1928 obligara a los demás países a seguir la tendencia (ninguno quería perder el oro en virtud de que los inversores cambiaran de depósito en otras partes) y finalmente condujo al batacazo del mercado bursátil de 1929. Al debilitarse las economías, las deudas entraron en descubierto. Sobrevino el pánico bancario. El crédito y la producción industrial se derrumbaron. El desempleo se disparó. La debilidad se alimentaba con debilidad.

Tristemente, esta tragedia guarda paralelismos modernos. Al igual que en los años 30, el colapso del crédito mundial es un riesgo. El mercado global de acciones y valores y el mercado bancario están entrelazados. Las pérdidas en un mercado pueden precipitar retrocesos en los demás mercados.

El flujo monetario a 28 países «de mercado incipiente» en 2009 se desplomará hasta un 80% con respecto a los niveles de 2007, según las proyecciones del Instituto de Finanzas Internacionales. Los desajustes en el mercado de divisas, al igual que en los años 20, distorsionan el comercio. El yuan chino está claramente devaluado.

No obstante, diferencias acusadas divorcian el presente del pasado. La más evidente es que los gobiernos -desembarazados del patrón oro- han abaratado el crédito, apuntalado instituciones financieras e incrementado el gasto para contener la caída libre económica. La Reserva Federal de EEUU y el Fondo Monetario Internacional han facilitado créditos a países emergentes para compensar las caídas del crédito privado. Tampoco sucede nada parecido al rencor internacional que acompañó a la Primera Guerra Mundial y obstaculizó la cooperación: en 1931, los franceses frustraron el rescate de la mayor entidad bancaria de Austria (Credit Anstalt), cuya quiebra sirvió de detonante de una cadena de episodios de pánico bancario a nivel europeo.

Cuando los países abandonaron el patrón oro -Estados Unidos lo hizo en la práctica en 1933- sus economías empezaron a recuperarse. Algunos indicadores sugieren a estas alturas que la presente caída es cada vez menos acusada («atisbos de esperanza», dice el presidente Obama). China manifiesta señales de mejora parecidas. Todo esto mitiga las comparaciones con la Depresión, cogidas con alfileres. Pero si estos presagios son desmentidos por los hechos, se podría llegar a una conclusión más siniestra.

Los horrores de la Depresión estaban anclados en ortodoxias económicas imperantes, que se habían visto superadas por las nuevas realidades. Las actuales políticas reflejan de igual forma las ortodoxias de la actualidad. ¿Pero qué pasa si también ellas acaban refutadas?
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