viernes, 12 de diciembre de 2014

Efecto señuelo

(Un texto de Jorge Parra en el suplemento económico del Heraldo de Aragón del 16 de marzo de 2014)

¿Cómo escogemos entre varias opciones? Casi siempre estimamos el valor de una cosa en función de su ventaja relativa respecto a otra. Este concepto de relatividad implica que, de tres opciones, la mayoría elegirá la intermedia. Un estudio de 'The New York Times' identificó que la presencia en la carta de un plato muy caro aumentaba los ingresos del restaurante, ya que, aunque los clientes no lo pedían casi nunca, sí se atrevían a solicitar con frecuencia el segundo más caro. La opción alta actuaba en este caso como señuelo haciendo atractivas para los clientes otras alternativas muy rentables para el restaurante. Cuenta Dan Ariely, investigador del MIT, que cuando se introdujo por primera vez en el mercado una panificadora casera por 275 $, los clientes apenas mostraron interés. Sin embargo, al fabricante se le ocurrió una brillante idea: lanzar un nuevo modelo de panificadora de mayor tamaño y con un precio un 50% superior. Con los dos artículos expuestos en los escaparates, las ventas del producto originario empezaron a crecer. Este efecto señuelo puede modificar nuestras decisiones más de lo que imaginamos.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Cataluña y la teoría de juegos



(Un texto de Lorenzo R. de Quirós en el suplemento económico de El Mundo del 22 de diciembre de 2013)

La evolución del problema catalán es un caso de manual del denominado Dilema del Prisionero formulado por la teoría de juegos. El interés óptimo de las partes implicadas en el conflicto -la Generalitad y el Gobierno central- conduciría a lograr un acuerdo en virtud del cual los jugadores implicados en él conseguirían un mejor resultado que si se empeñasen en maximizar sus estrategias propias. Cualquier opción no cooperativa sería peor para ambos pero, a pesar de ello, la maximización de sus intereses individuales, da igual su justicia o su legitimidad, puede conducir a un resultado en el que las dos partes implicadas en el litigio pierden y producen daños colaterales no deseados y de alcance imprevisible para terceros.

La tendencia a comportamientos no cooperativos se acentúa cuando se practica el llamado Juego del Ultimátum. En él, un jugador X realiza una única y definitiva propuesta; el otro, Y, sólo tiene la posibilidad de aceptarla o de rechazarla. En caso de no aceptación, ninguno de los dos ganaría nada. Por tanto cabría esperar que el jugador Y la suscribiese porque ello mejorará su situación, ya que inició el juego sin ganancia alguna. Sin embargo, la evidencia empírica arroja una conclusión diferente. Ante una situación percibida como abuso de poder y/o chantaje por parte de X, Y tiende a preferir castigar a su contrincante aunque ambos lo pierdan todo.

En este marco teórico es posible analizar y entender la consulta popular planteada por la Generalitat y sus aliados, para permitir a los ciudadanos del Principado manifestar su opinión sobre la conversión de Cataluña en un Estado y si éste debería ser independiente. El tajante niet del Gobierno Rajoy a esa iniciativa era la esperable en el juego del ultimátum. La cesión a las demandas catalanas supondría vulnerar un principio básico, el de la soberanía del pueblo español, y pondría en riesgo la propia razón de ser del Estado, la preservación de su integridad territorial. Esto lleva de manera inexorable al enfrentamiento en tanto factores no racionales o, para ser más precisos, superiores a la maximización del beneficio individual de los jugadores, determinan su comportamiento.

El asunto se complica si se tienen en cuenta las implicaciones económico-financieras del problema En el corto y medio plazo, éstas son letales para las dos partes en conflicto. La secesión de Cataluña o la consolidación de un escenario permanente de incertidumbre y, por tanto, de inestabilidad, pondría en serio riesgo la recuperación de la economía española. Por el lado cuantitativo, Cataluña representa alrededor del 25% del PIB español; por el cualitativo, la amenaza de segregación aumentaría la prima de riesgo del conjunto del Estado, restaría atractivo para ubicar inversiones extranjeras en España y produciría una salida de capitales del país. En última instancia, España siempre podría ser rescatada, vía no transitable para una Cataluña al margen de la UE.

Si la consulta se realiza o queda en suspenso, la incertidumbre se mantendría y, si la independencia se llegase a materializar, la economía catalana entraría en la senda de un acelerado declive cuyo resultado sería un empobrecimiento brutal del Principado. Con una coyuntura económico-financiera grave, por no definirla de desesperada, Cataluña asistiría a una emigración masiva de capital financiero, empresarial y, también, humano hacia el resto del Estado o hacia el exterior. Al mismo tiempo, el Gobierno central dejaría de suministrar los recursos necesarios para financiar a una parte del territorio en rebeldía tácita o expresa. En este caso, Cataluña se vería abocada a la suspensión de pagos y a una depresión económica de larga duración.

Si se produjese la independencia, el panorama sería aún peor. A largo plazo, en veinte o treinta años, un Estado Catalán podría sobrevivir y prosperar en una economía abierta cuyo mercado es el mundo. Con disciplina macroeconómica, mercados libres y un entorno de garantía de los derechos de propiedad y de seguridad jurídica, Cataluña podría ser viable. Aunque esa estrategia liberal se aplicase, lo que parece poco probable a la vista del ideario de las fuerzas pro-independentistas, los costes de transición hasta llegar a ese escenario serían terribles. Supondrían de facto el sacrificio de una generación en pro del bienestar futuro de la siguiente. Esta no es una profecía ideológica ni sesgada, sino una apreciación puramente técnica, de una lógica implacable y, guste o no, es indiscutible.

De entrada, la fuga de personas, de capitales y de empresas se dispararía. De igual modo, Cataluña no lograría financiar en el mercado su deuda pública, convertida ya en un bono cuasi basura pese a la cobertura del Estado. Sus entidades financieras no tendrían acceso a la ventanilla del BCE ni, por supuesto, al mercado interbancario español y, obviamente, sufrirían una retirada de depósitos abrasiva. Con los actuales Tratados de la UE no podría incorporarse al mercado único ni al euro. Esto forzaría, bien a crear una moneda propia, bien a eurizarse unilateralmente y asumir un shock deflacionista para la economía del Principado demoledor. Por último se vería obligada a soportar los costes de los programas del Estado del Bienestar, financiados hoy en parte o en su totalidad,por ejemplo las prestaciones por desempleo, por el Estado.

Los desarrollos expuestos suponen, ceteris paribus, que una secesión es inocua en el plano político-social, es decir, que no se producirían reacciones en contra dentro y fuera de Cataluña que condujesen a situaciones con distintos grados de violencia. Esta presunción resulta optimista, por no calificarla de ingenua. La ruptura de los Estados, incluso las pactadas, tienen efectos imprevisibles sobre la conducta de los ganadores y de los perdedores de ese proceso. Ésta es otra variable fundamental a tener en cuenta cuando la gente se introduce en dinámicas de esta índole.

A estas alturas de la película, el tema no es quien tiene razón ni quien tiró la primera piedra ni cuáles son las causas remotas de la actual situación. Este planteamiento principista conduce a un callejón sin salida. La España del siglo XXI tiene que ser capaz de ofrecer una alternativa imaginativa, una solución razonable al problema catalán, que es el problema fundamental de España en estos momentos y que, si no se ataja, conducirá de manera inexorable a un choque de trenes.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Economía paternal: satisfacción, estrés y la ganga del tercero



(La columna de Pablo Rodriguez Suanzes en el suplemento económico de El Mundo del 23 de marzo de 2014)

El nacimiento de un hijo es uno de los momentos asociados siempre con alegría, el momento más feliz de sus vidas para muchos padres. La paternidad, en el imaginario colectivo, merece la pena pese a los esfuerzos y sacrificios. Y sin embargo, y como explica el célebre economista Angus Deaton en un reciente trabajo, «estudio tras estudio se ha demostrado que las personas que viven con niños están menos satisfechos con sus vidas que aquellos que no lo hacen». (voxeu.org/article/what-good-are-children).

Sus cifras muestran que las personas con al menos un hijo evalúan sus vidas de forma algo menos favorable que los que no lo tienen, pero que los padres, a pesar de tener más ira, estrés y preocupación, aseguran ser más felices.

'Nido vacío'. Deaton y Stone argumentan que los datos de las encuestas son correctos, pero que las comparaciones de bienestar entre los padres y no padres no tienen efecto entre las personas que tratan de decidir si tienen hijos. Daniel Gilbert, profesor de Psicología de Harvard, explica que el matrimonio y el dinero te hacen feliz, pero que cuando llegan los niños, la curva desciende, y no remonta hasta que se van. «El único síntoma del síndrome del nido vacío es una sonrisa permanente» (http://news.harvard.edu/gazette/story/2013/02/money-marriage-kids/).

Una millonada. Históricamente, la paternidad era un bien. Fuerza para trabajar los campos a un precio muy bajo. Sin embargo, con el paso del tiempo, el beneficio económico posible en teoría ha desaparecido. Según el último estudio del Departamento de Agricultura de EEUU, a una pareja de clase media le costará 241.080 dólares criar a un hijo hasta los 18 años (http://money.cnn.com/2013/08/14/pf/cost-children/). Nadia Taha mete otras partidas y dispara la cantidad hasta ¡1,8 millones de dólares! (http://bucks.blogs.nytimes.com/2012/11/13/the-cost-in-dollars-of-raising-a-child/?_r=0). Eso sí, como explica Laura Vanderkam, puestos a tener niños, el tercero es siempre mucho más barato (http://usatoday30.usatoday.com/news/opinion/forum/story/2012-01-10/family-parents-kids-spending/52484040/1). KJ Dell'antonia recuerda, sin embargo, que no tener hijos también tiene costes. En ellos gastas, pero sin ellos, quizás hasta más (http://parenting.blogs.nytimes.com/2012/11/14/the-benefit-in-dollars-of-raising-a-child/). Bryan Kaplan ha defendido que, en realidad, tener hijos no es tan caro y que en el pasado, era hasta más costoso (http://www.wsj.com/news/articles/SB10001424052748704289504575313201221533826).

domingo, 30 de noviembre de 2014

El gran impuesto único

(La columna de Pablo Rodriguez Suanzes en el suplemento económico de El Mundo del 26 de enero de 2014)

En países como España o Irlanda, toda referencia a la necesidad de construir viviendas genera urticaria, pero en otros lugares la falta de casas es un problema. Por ejemplo, en Londres, donde el alcalde ha lanzado el mayor plan desde los años 30 del siglo pasado (http://www.london.gov.uk/priorities/housing-land/consultations/draft-london-housing-strategy) para hacer frente al crecimiento de la población (y de los precios). Lo mismo ocurre en San Francisco, como explica, con el dramático titulo de «éxodo» The Atlantic (http://www.citylab.com/housing/2013/10/san-francisco-exodus/7205). The Economist aclara una de las causas -las empresas que se han mudado a la zona- y advierte de que no hay soluciones (http://www.economist.com/news/united-states/21591187-californias-new-technological-heartland-struggling-its-success-growing-pains).

Noah Smith, que estudió en la zona y sufrió en sus carnes las consecuencias, tiene una propuesta: impuestos a la propiedad de la tierra, o mejor dicho, un impuesto único (http://qz.com/169767/the-century-old-solution-to-end-san-franciscos-class-warfare/), una idea presente ya en Ricardo o Stuart Mill (http://www.econlib.org/library/Enc/bios/George.html), pero popularizada por el norteamericano Henry George en el siglo XIX. La idea es no gravar el trabajo o el ahorro, sino el valor de la tierra. No los bienes inmuebles que hay construidos, sino el terreno, cuyo valor se establece por la localización. Matt Yglesias, aunque simpatiza con la idea, cree que no resolvería los problemas de la ciudad (http://www.slate.com/blogs/moneybox/2014/01/23/land_value_tax_it_s_great_but_it_won_t_save_san_francisco.html). La propuesta se ha probado muchas veces, y se usa en Australia o Dinamarca (henrygeorge.org/rem4.htm). ¿Recaudaría? Según algún cálculo, tanto como el 50% de los impuestos sobre el trabajo y el capital en un año (http://www.slate.com/blogs/moneybox/2013/10/17/land_value_tax_revenue_how_much_can_we_raise_by_taking_unimproved_land.html).

Parte de la argumentación de Smith es que buena parte del valor de un terreno, hoy, se debe a los servicios públicos de los que se beneficia por ella. Por eso la localización es clave. ¿Por qué el este de las ciudades europeas suele ser más pobre? Por el viento, explica Dan Zambonini (http://www.thejanuarist.com/why-are-the-east-of-cities-usually-poorer/). Durante la revolución industrial los más ricos se mudaron huyendo del humo de las fábricas.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Sacrificios humanos y derechos de propiedad



(La columna de Pablo Rodriguez Suanzes en el suplemento económico de El Mundo del 16 de febrero de 2014)

Economía y razón son dos palabras con una relación complicada. La teoría económica sostiene, en mayor o menor grado, que el ser humano se comporta de forma racional, en busca de su propio interés. La percepción de buena parte de la población es que no. Pero, ¿qué ocurre con los comportamientos que son, aparentemente, irracionales de verdad? Por ejemplo, los sacrificios humanos. En muchas partes del mundo, en diferentes épocas, fueron prácticas habituales para aplacar la ira de los dioses o ganar su favor. Una explicación antropológica es que ocurren para calmar la ansiedad de no poder controlar lo incontrolable; una económica, la lucha de clases (http://wynja.com/arch/aztec.html). Peter Leeson, de la George Mason University, lo ve de otra manera (http://motherboard.vice.com/blog/theres-a-rational-explanation-for-human-sacrifice). En el caso de los sacrificios ve una razón racional: se trataba de «tecnología de protección de la propiedad» o un precurso de los seguros (peterleeson.com/Human_Sacrifice.pdf). Sacrificas parte de lo que tienes para evitar perderlo todo. y pone dos ejemplos diferentes: los Aztecas y los Konds de Orissa, en la costa este de La India. Los primeros sacrificaban a prisioneros de guerra y criminales. Pero no tanto a los dioses, afirma, sino como forma de disuasión, una pena capital para prevenir el crimen y evitar los enfrentamientos bélicos. Los indios, sin embargo, hacían algo todavía más anti-económico: compraban a una víctima, muchas veces niños, para después matarla en ritual. Comprar para destruir no parece muy inteligente. Pero así, sin embargo, se mandaba un aviso a los vecinos. En un mundo en el que los derechos de propiedad prácticamente sólo se podían proteger mediante la violencia, el sacrificio manda un mensaje claro: tengo poco, me va mal, estoy como tú, no me ataques. Una tesis polémica con muchos matices y dudas (http://pragmatarianism.blogspot.com.es/2012/12/can-economics-explain-human-sacrifice.html). Desde otras escuelas más críticas hay quien piensa que los sacrificios nunca han desaparecido del todo (http://pi.library.yorku.ca/ojs/index.php/public/article/viewFile/30459/27980).
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