lunes, 22 de marzo de 2021

El "ring" de las finanzas internacionales

(Una columna de Clara Pinar en la revista Tiempo de Hoy del 17 de abril de 2015)

Como en El club de la lucha, analistas y brokers anónimos se baten contra la economía en la web Zero Hedge.

"Primero. El racismo no se á tolerado de ninguna manera en este sitio (...) Cualquier usuario que discrimine contra cualquier raza, religión o creencia será expulsado inmediatamente y sus comentarios serán eliminados del sistema". Al contrario de lo que podría parecer, esta instrucción no precede la entrada a ningún club social. Es el primer requisito, indispensable, para crear una cuenta en la web estadounidense Zero Hedge, que alimenta una cuenta de Twitter del mismo nombre, en la que analistas, traders de materias primas, brokers y exbrokers retirados a las montañas comentan la actualidad de la economía internacional. Sin concesiones ni delicadezas.

A esta primera orden siguen otras siete para completar la entrada, a semejanza de las ocho normas que regían El club de la lucha, la novela de Chuck Palahniuk sobre la particular vía de escape que su protagonista, Tyler Durdeen, montó para que cientos de hombres con vidas más o menos anodinas liberaran adrenalina: liarse a puñetazo limpio hasta que el cuerpo aguantara. Para dejar claro que la semejanza no es casual, su perfil en redes sociales es el nada académico torso desnudo de Brad Pitt, que interpretó a Durdeen -el nombre que adopta uno de los principales contribuidores de Zero Hedge- en la versión cinematográfica.

Los analistas de Zero Hedge no llegan a parafrasearle y en ningún momento proclaman que la primera regla de la economía sea que la economía no existe. Pero sí exigen a quienes deseen estar dentro requisitos tan alejados del rigor del que gustan de revestirse los analistas financieros como no adoptar ningún nombre que remotamente pueda parecer real. Para predicar con el ejemplo, análisis sobre la crisis de deuda de Grecia; sobre un nuevo riesgo de burbuja en la bolsa de Estados Unidos que pueda provocar un crac como el de 1929; acerca de la evolución del precio del oro o de los tipos de interés en torno al dólar; las últimas decisiones del Banco Central de Japón, o incluso sobre la muerte de un negro tiroteado por la espalda por un policía blanco en EEUU están firmados por seres que atienden a los nombres de Tyler Durdeen, Mark to Market, GoldCore (Corazón de oro), Sprout Money (Brote de dinero) o el mismísimo George Washington.

Fiarse, una locura. Al cruzar la puerta de un particular ring, que cuenta en Twitter con casi 250.000 seguidores, Zero Hedge advierte de que no son una fuente de información fiable para invertir. Cualquier decisión financiera siguiendo sus comentarios "es más que indeseable: es una locura". Y no porque las personas que, desde un desigual anonimato, luchan allí contra los lugares comunes de la escena financiera internacional no parezcan ser profesionales solventes. Algunos sí revelan su identidad, como Marc Chandler, Mark to Market, que fue asesor financiero en distintas compañías y bancos de inversión durante 25 años y hoy es profesor en el Center for Global Affairs de la Universidad de Nueva York. Otro, Bruno de Landevoisin, es director para América de la compañía ABX Global, activa en el comercio de metales preciosos, el mismo sector al que parece dedicarse otro de los comentaristas, Gold Core, que en su web del mismo nombre se define como un "broker de lingotes". Más curiosa es la historia de las dos firmas detrás de Two Icefloes (Dos témpanos de hielo), exbrokers de Nueva York que decidieron empezar de cero en las montañas de Virginia, donde combinan la construcción de su casa con análisis encaminados a difundir lo que ellos mismos han hecho, desprenderse de todas sus inversiones en deuda pública.

 

viernes, 19 de febrero de 2021

La mano de obra que ayudó al despegue industrial

 (Leído en el Heraldo de Aragón del 23 de octubre de 2016)

¿Cómo eran las condiciones de vida del obrero aragonés de la metalurgia a finales del siglo XIX? Una jornada laboral normal correspondía a diez horas de trabajo, entre las 7.00 y las 18.00, con una hora para comer. El trabajo nocturno era muy escaso debido al elevado coste del alumbrado (gas) que incrementaba de forma muy considerable los gastos de producción. Por norma general no se trabajaba ni los domingos ni las fiestas religiosas tradicionales. Así, en Navidad se guardaba fiesta los días 25 de diciembre y 1 y 6 de enero, teniendo jornada reducida el 24 y el 31 de diciembre. Todavía no se habían implantado las indemnizaciones por despido, y las gratificaciones generales por beneficios eran una práctica esporádica y escasa. En la Fundición Averly cada operario recibió por Navidad en 1881y 1882 la cantidad de 1,25 pesetas, tal como analiza en su trabajo sobre el tema Agustín Sancho Sora 'La Fundición Averly (1880-1900). Nuevos aportes a la industrialización en Zaragoza'.

A finales del siglo XIX, existían dos formas habituales de retribución. En primer lugar, por unidad de tiempo empleada, lo que correspondía a diez horas diarias de trabajo. En segundo lugar, por semanas completas, independientemente de las horas trabajadas cada día, y de si había habido algún festivo. La masa salarial representaba un elemento muy importante dentro de los costes de producción. Si en 1890 la Fundición Averly dedicaba a este apartado 106.000 pesetas, tan solo diez años más tarde las cantidades se habían incrementado hasta las 142.000 pesetas. Los jornales fluctuaban según la cualificación de los operarios. En la fábrica de Carde y Escoriaza el precio de los jornales variaba desde las 3 pesetas que cobraban los principiantes hasta las 8 pesetas que cobraban los primeros obreros.

En cuanto al número de obreros ocupados en las principales industrias de Zaragoza, en 1895 trabajaban en la Fundición Averly 88 operarios, mientras que dos años después en Carde y Escoriaza había en plantilla 70 empleados. Ya en 1900 la Fundición Averly había subido considerablemente su volumen de negocio, aumentando hasta los 130 operarios. El caso de las industrias azucareras fue sensiblemente distinto. Como señala el profesor Carlos Forcadell, en el sector del azúcar se daba mucho el trabajo polivalente, "siendo frecuente la presencia de operarios que trabajaban en la azucarera alrededor de cuatro meses, dedicándose el resto del año a otros trabajos como camarero o transportista".

domingo, 31 de enero de 2021

Adidas vs. Puma: una guerra en familia

 (Un artículo de Borja Olaizola en el Heraldo de Aragón del 28 de mayo de 2016)

Un pleito por el uso de un compuesto para las suelas de las zapatillas resucita el odio que se profesaban los alemanes Adi y Rudi Dessler.

Las desavenencias entre familiares que son incapaces de reconciliarse suelen generar un rencor sordo que a veces se prolonga de por vida e incluso se hereda de generación en generación. En todas las familias hay casos de hermanos que no se hablan, cuñados que se profesan un odio visceral o primos que ni si quiera se cruzan un saludo en bodas y funerales. La experiencia es tan universal que proporciona a los protagonistas de la rivalidad entre Adidas y Puma, dos de las principales multinacionales del deporte, una dimensión humana que no es habitual encontrar en las relaciones empresariales.

Retrocedamos en el tiempo. Estamos en 1924 en Herzogenaurach, un pueblo próximo a la ciudad bávara de Nuremberg conocido por su tradición zapatera. Los jóvenes hermanos Dassler, Rudolf y Adi (Adolf), regresan a casa de la Primera Guerra Mundial y se plantean qué hacer con sus vidas. Su padre trabaja para uno de los más de cien fabricantes de zapatos que hay en la comarca y ellos deciden probar suerte en el negocio. Adi, el pequeño, es introvertido, pero tiene las ideas claras y se atreve con algo que a los demás fabricantes les parece una completa extravagancia: hacer un calzado especial para correr. Rudolf y Adi trabajan juntos en la casa familiar y fundan su propia empresa, la Gebrüder Dassler Schuhfabrik; es decir, la fábrica de zapatos Hermanos Dassler.

Los primeros años son difíciles. Sus compatriotas se asoman al abismo económico y hacer ejercicio no figura entre sus preocupaciones, bastante tienen con escapar del hambre. Los Dassler siguen adelante y poco a poco sus zapatillas y pantuflas empiezan a ser conocidas en los restringidos círculos de los aficionados al atletismo. La recuperación económica y el ascenso del nazismo, que transforma el deporte en una herramienta política, dan un empujón a la fábrica: los pedidos se multiplican para atender la demanda generada por los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. Fue allí donde los Dassler se apuntaron el primer tanto: para disgusto de Hitler, el gran triunfador de la cita, el afroamericano Jesse Owens, calzaba sus zapatillas de clavos.

Pero llegó la Segunda Guerra Mundial y todo se complicó. La fábrica fue transformada en un taller de repuestos de armamento. Las autoridades dejaron a Adi al frente del negocio por sus conocimientos técnicos, mientras Rudolf era llamado a filas. Los dos sobrevivieron a la contienda, pero la semilla de la división había empezado a germinar en su interior. Los vencedores permitieron que Adi se quedase con la empresa, pero Rudolf, que estaba convencido de que había sido denunciado por su propio hermano, permaneció un año preso de los norteamericanos. Cuando fue liberado, la animadversión había escalado varios peldaños. Rudolf regresó a Herzogenaurach, pero evitó la casa familiar y se instaló al otro lado del río Aurach. Allí se hizo con un pabellón semidestruido y retomó la fabricación de zapatillas con la ayuda de los más fieles de sus antiguos subordinados.

La posguerra fue dura, pero los dos hermanos ya tenían experiencia. Siguieron sin dirigirse la palabra y en 1948, Rudolf, el mayor, fundó una empresa que primero se llamó Ruda (de Rudolf Dassler) y luego Puma. Adi no se quedó atrás y un año más tarde registró la marca Adidas (de Adi Dassler) siguiendo el ejemplo del primogénito. 

El milagro económico alemán estaba a la vuelta de la esquina y los dos hermanos dejaban testimonio de su feroz rivalidad. Adi asestó los primeros golpes al hacerse con el contrato para equipar a la selección alemana de fútbol en el Mundial de Suiza de 1954. Los tacos que incorporó a las botas fueron determinantes para que sus compatriotas se impusiesen en la final a los húngaros, los grandes favoritos, en un terreno pesado y muy resbaladizo. Dos años después, su hijo Horst, muy avispado, regaló zapatillas Adidas a muchos atletas en las Olimpiadas de Melbourne de 1956. Eso es ahora algo habitual, pero entonces eran los propios deportistas quienes tenían que costearse su equipo, así que el gesto dio la vuelta al mundo.

Los cordones desatados

Adidas había tomado la delantera, pero Puma no tenía intención de quedarse atrás. Los dos hermanos habían cedido la batuta a sus respectivos hijos, Horst y Armin. Se acercaba el Mundial de fútbol de México de 1970 y Pelé, la gran estrella emergente, era un caramelo para las firmas de equipamiento deportivo. Los herederos de Adidas y Puma llegaron a un acuerdo: no pujarían por el futbolista para evitar una guerra de ofertas que podría desangrarles. Armin, sin embargo, quebrantó el pacto y se plantó en el domicilio del astro brasileño para hacerle una oferta económica que no pudo rechazar: Pelé tenía que llevar los cordones sueltos para pedirle al árbitro que retrasase el inicio de un partido mientras todas las cámaras apuntaban a la zapatilla que se ataba. El golpe de efecto urdido allí catapultó a Puma, pero también enconó hasta límites insospechados las relaciones entre ambas compañías.

La creciente rivalidad se trasladó incluso a la población de Herzogenaurach, donde tenían sus sedes las dos empresas. La periodista Barbara Smit, que contó la pugna en su libro Hermanos de sangre, asegura que los 23.000 vecinos, muchos de ellos trabajadores a su vez de Adidas o Puma, se alinearon en bandos irreconciliables y evitaban hacer las compras o tomarse una pinta en los establecimientos del enemigo. La prensa la bautizó como la ciudad de los cuellos doblados, porque sus habitantes bajaban la cabeza antes de iniciar una conversación para saber si la marca del calzado de su interlocutor coincidía o no con el suyo.

Esa rivalidad se mantuvo en pie hasta la muerte en los años setenta de los dos hermanos, que fueron enterrados en extremos opuestos del mismo cementerio. Con el tiempo, Adidas y Puma se transformaron en enormes conglomerados y los descendientes de Adi y Rudolf desaparecían de los puestos directivos e incluso del accionariado. Pero la hostilidad ha vuelto a renacer ahora, como consecuencia de un pleito que les enfrenta en los tribunales por el uso de un nuevo compuesto para las suelas de las zapatillas.

Adidas ha pedido a los jueces que paralicen la venta de una gama de Puma que utiliza el mismo conglomerado que emplea en sus productos. Hace siete años, el coloso químico BASF ofreció a las dos compañías un nuevo material sintético, el poliuretano termoplástico, para las suelas de sus deportivas. Adidas tomó la delantera y firmó un acuerdo en exclusiva que le permitió sacar al mercado una nueva línea en 2013. Puma, mientras tanto, buscó un nuevo socio y recurrió a la empresa estadounidense Huntsman para que le suministrase un material parecido. El contraataque se produjo un año más tarde de la mano de sus zapatillas NRGY. Adidas pidió a los tribunales que paralizasen su comercialización argumentando que solo ellos tenían derecho a utilizar el polieuretano termoplástico, pero los jueces no lo han visto claro y han denegado de momento la solicitud. El pleito, que está más vivo que nunca, ha resucitado los demonios y demostrado que ni la muerte es capaz de poner fin a los viejos pleitos de familia.

Creativo y retraído. Adidas

Adi Dassler (1900-1978) era meticuloso en su trabajo y también amigo de incorporar novedades para que el calzado se adaptase a las necesidades de cada deporte. También tenía una personalidad más introvertida que su hermano Rudolf. Hoy Adidas suma 53.731 empleados y tiene factorías repartidas por todo el mundo.

Sociable y vendedor. Puma

Rudi Dassler (1878-1974) era el complemento perfecto de su hermano Adi debido a su carácter extrovertido y a sus capacidades comerciales. Mientras uno creaba, el otro vendía. La asociación fraternal se rompió al acabar la II Guerra Mundial. Puma, la empresa de Rudi, tiene hoy 10.830 empleados.

jueves, 7 de enero de 2021

Cambridge contra Cambridge

 (Un artículo de Joaquín Estefanía en El País del 5 de abril de 2015)

El fracaso del pensamiento único en la Gran Recesión ha alumbrado una generación de economistas heterodoxos. Solo les une la crítica al neoliberalismo y a la escuela neoclásica.
 

En lo más hondo de la crisis económica, en el año 2009, Paul Krugman, con la libertad intelectual que le daba el Premio Nobel de Economía, se inventó una división de su profesión y habló de los “economistas de agua salada” (más keynesianos) y los “economistas de agua dulce” (los neoclásicos). Hasta antes de la quiebra de Lehman Brothers ambos grupos habían firmado una falsa paz basada, sobre todo, en la confluencia de opiniones que salvaban a los mercados de sus fallos. Eran los años de la Gran Moderación, en los que las cosas iban básicamente bien. La recesión que llegó terminó con esa paz postiza, durante la cual las fricciones entre ambos grupos de economistas habían permanecido dormidas sin que se hubiera producido ninguna convergencia real entre sus posiciones. Fue entonces cuando Alan Greenspan, que había sido presidente de la Reserva Federal y era denominado “el maestro” por unos y otros, admitió encontrarse en un estado de “conmoción e incredulidad” porque “todo el edificio intelectual se había hundido”.

Un lustro después, aquella distinción krugmanita ha pasado de moda y es difícil encontrar economistas que defiendan a campo abierto la teoría económica que ha llevado al fracaso del pensamiento único neoliberal y a la gestión de la crisis económica más larga y profunda desde los años treinta del siglo pasado. El historiador del pensamiento económico de la Universidad norteamericana de Notre Dame Philip Mirowski se sorprende de que, a pesar de ese fracaso evidente, los neoliberales (los economistas “de agua dulce”) parecen haber eludido toda responsabilidad por propiciar las condiciones para que se materializase la crisis: ninguno de esos profesionales “fue despedido por incompetente. Los economistas no han sido expulsados de sus puestos en el Gobierno. Ningún departamento de Economía ha sido clausurado, ni por sus errores ni como medida de ahorro de costes” (Nunca dejes que una crisis te gane la partida, ediciones Deusto).

Ahora hay una verdadera avalancha de economistas heterodoxos de muy diferentes escuelas. Lo único que les une es la crítica al neoliberalismo y a la escuela neoclásica, y un cierto neokeynesianismo. En el libro citado, Mirowski centra geográficamente esas críticas: sin duda la II Guerra Mundial habría tenido lugar sin Martin Heidegger, Carl Schmitt u otros intelectuales nazis, pero no está tan claro que hubiera ocurrido la crisis económica sin la escuela neoclásica de Chicago. Chicago ha sido el padrino intelectual de la autorregulación que ha llevado a tantos abusos.

Dentro de unos meses llegará a España la obra canónica del economista neokeynesiano australiano Steve Keen (Debuking Economics, traducida Desenmascarando la economía, Capitán Swing). Keen se autodefine dentro de la “tradición científica de Marx-Schumpeter-Keynes-Joan Robinson- Piero Sraffa-Hyman Minsky”. Lo peculiar de este economista es que ha atizado a otros autores pretendidamente keynesianos como Krugman, por ser neoclásicos camuflados: “El establishment neoclásico (sí, Paul, eres parte de ese establishment) ha ignorado toda la investigación de los economistas no neoclásicos como yo por décadas. Así que es bueno ver cierto compromiso en lugar de una ignorancia deliberada o, más probablemente ciega, a otros análisis alternativos”.

Esta polémica recuerda a otra de hace medio siglo, que fue conocida como Cambridge contra Cambridge y que enfrentó a los discípulos directos de Keynes en el Cambridge británico (Robinson, Sraffa, Kaldor,…) con los del Cambridge de Massachusetts, en EE UU (Paul Samuelson, Robert Solow…). Los norteamericanos llegarían al premio Nobel; los británicos, no. Joan Robinson calificó a los primeros como “keynesianos bastardos”.

En distintas proporciones, los famosísimos Thomas Piketty y Yanis Varoufakis también son economistas heterodoxos. El francés, por haber conseguido con su libro El capital en el siglo XXI (Fondo de Cultura Económica) lo que ninguno de sus colegas antes (ni siquiera Joseph Stiglitz en El precio de la desigualdad, editorial Taurus): introducir la desigualdad en el centro de la política económica tras largas décadas de ser orillada por el pensamiento ortodoxo que la consideraba una característica natural del capitalismo. En colaboración con otros jóvenes colegas como Emmanuel Saez o Gabriel Zucman (La riqueza oculta de las naciones, editorial Pasado y Presente), Piketty ha llevado sus argumentos de la economía a la política: concentraciones extremas de renta y riqueza como las que se dan en nuestras sociedades amenazan la democracia. Guste o no, las tesis de un científico social francés no habían influido tanto en el mundo anglosajón desde La democracia en América, de Tocqeville.

Antes de ser nombrado ministro de Finanzas griego por Alexis Tsipras, Yanis Varoufakis ejercía como misionero contra la austeridad autoritaria que Europa imponía a la Europa del Sur. Junto a otros dos colegas, el británico Stuart Holland y el estadounidense James Galbraith (hijo del gran John Kenneth Galbraith), Varoufakis presentaba una y otra vez por todo el mundo una modesta proposición para revolver la crisis de la eurozona, una especie de manifiesto que se encuentra en la Red. Pero su principal aportación intelectual al debate es el libro El Minotauro global (Capitán Swing), en el que hace un símil entre ese monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro, y la crisis económica: igual que los griegos mantenían un flujo constante de atributos al Minotauro, así el resto del mundo envió cantidades increíbles de capital a EE UU. Este motor, que impulsó la economía global durante casi tres décadas, es el que gripó en el año 2007.

Uno de los libros más vendidos en 2014, y que ha resultado de referencia en muchos lugares (incluso en la Alemania socialdemócrata) es Austeridad. Historia de una idea peligrosa (editorial Crítica) del profesor de Economía Política Internacional de la Universidad de Brown, Mark Blyth. Éste combate la tesis dominante en Europa hasta hace poco tiempo de la “austeridad expansiva”, aquella que se extendió como un reguero de pólvora y que decía algo tan peculiar como que recortar el gasto en tiempos recesivos supone una mayor producción. Su simplismo recordaba en algo la curva de Laffer (recortar los impuestos aumenta la recaudación fiscal), que aplicada por Reagan llevó a EE UU al mayor déficit público de su historia.

El repaso a los economistas heterodoxos más conocidos no puede olvidar al coreano Ha-Joon Chang, de la Universidad de Cambridge, premio Wassily Leontief por ampliar la frontera del pensamiento económico y bien conocido en España a través de sus libros (Retirar la escalera, editorial Catarata; o 23 cosas que no te cuentan sobre el capitalismo, editorial Debate). En menos de un mes estará en librerías su último texto Economía: manual de usuario (Debate). En él, como en los anteriores, Ha-Joon Chang desarrolla la tesis de que la gente no vio llegar la Gran Recesión porque no preguntó qué era lo que nos ocultaban: la cultura de las burbujas.

Francia es un país que no sólo ha cedido a Piketty en esta coyuntura. De este país surge el Manifiesto de los Economistas aterrados y los textos centrales de dos investigadores del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS), Gérard Duménil y Dominique Lévy (La crisis del neoliberalismo, editorial Lengua de Trapo, y La gran bifurcación, FUHEM Social y La Catarata), muy recomendables.

Heterodoxos u ortodoxos, los economistas han de tener la calidad suficiente para interpretar lo que está ocurriendo y corregir sus fallos. En la maravillosa necrológica que Keynes hace de su maestro Alfred Marshall, define la profesión de economista de un modo envidiable: “El gran economista debe poseer una rara combinación de dotes (…) Debe ser matemático, historiador, estadista y filósofo (en cierto grado). Debe comprender los símbolos y hablar con palabras corrientes. Debe contemplar lo particular en términos de lo general y tocar lo abstracto y lo concreto con el mismo vuelo de pensamiento. Debe estudiar el presente a la luz del pasado y con vistas al futuro. Ninguna parte de la naturaleza del hombre o de sus instituciones debe quedar por completo fuera de su consideración. Debe ser simultáneamente desinteresado y utilitario: tan fuera de la realidad y tan incorruptible como un artista y, sin embargo, en algunas ocasiones tan cerca de la tierra como el político”.

Por cierto, Keynes también va a ser reeditado.

 

 

 

 

 

jueves, 31 de diciembre de 2020

Aversión a la pérdida

 (Un texto de Jorge Parra en el Heraldo de Aragón del 3 de mayo de 2015)

Las personas tenemos una tendencia natural a evitar perder antes que ganar. En general, odiamos las pérdidas. Hasta tal punto que, según el profesor Richard Thaler, "la desgracia de perder algo tiene un peso dos veces mayor que la alegría de ganar eso mismo". Este sesgo de aversión a la pérdida nos impulsa a no hacer cambios, incluso cuando éstos nos benefician mucho. 

Si quiere convencer a alguien, no argumente con una posible ganancia sino con evitar una posible pérdida. El economista John List realizó en 2009 un experimento en una fábrica china, con el fin de estudiar el efecto de los incentivos económicos sobre la productividad. Se estableció un bonus del 20% del sueldo fijo a los trabajadores cuya productividad alcanzara las 400 unidades por hora. Sin embargo, este incentivo se comunicó por carta a los empleados de dos formas distintas. En un caso, la empresa se comprometía a pagar el incentivo mensual si el trabajador alcanzaba el objetivo marcado. En el segundo caso, el premio se otorgaba de antemano al empleado, pero se le advertía de que se le quitaría si no alcanzaba el objetivo. Aunque la productividad aumentó en ambos casos, fue muy superior en la vertiente "pérdida" que en la del "premio". 

La aversión a la pérdida genera un fuerte deseo de conservar las posesiones. Esta actitud nos puede llevar también a rechazar negocios que habríamos hecho en condiciones normales, renunciando a beneficios potenciales.
 

Una variante de la aversión a la pérdida es el efecto de dotación, que experimentamos cuando sentimos que lo que poseemos vale más que lo que no poseemos. Cuando vendemos algo nuestro lo valoramos extraordinariamente y pedimos más dinero del que estaríamos dispuestos a pagar por lo mismo. Esto sucede, por ejemplo, cuando valoramos nuestra casa a un precio muy superior al del mercado. Y es que, como dijo Antonio machado, "todo necio confunde valor y precio".

martes, 22 de septiembre de 2020

Medir bien

(Un texto de Jorge Parra en el suplemento económico del Heraldo de Aragón del 14 de junio de 2020)


Como señaló acertadamente Lord Kelvin, «lo que no se mide no se puede mejorar». Sin embargo, también podemos caer en el error contrario: medir en exceso, o medir mal. El profesor William Tayle señala que en algunos casos la obsesión por el cumplimiento de determinados indicadores es tan fuerte que su persecución sustituye al cumplimiento de la estrategia.

El caso de Wells Fargo es paradigmático: el banco ha tenido que asumir una multa millonaria y la pérdida de reputación debido a que sus comerciales abrieron cuentas corrientes sin su consentimiento a más de 3 millones de clientes, obligados al cumplimiento de unos objetivos de ventas que sus propios jefes consideraban inalcanzables. La suplantación de la estrategia por indicadores puede conducir a resultados catastróficos.

Cuando la administración colonial francesa en Indochina quiso erradicar el exceso de ratas aprobó una ley otorgando una recompensa por cada animal muerto entregado a las autoridades. Aunque el objetivo era controlar la plaga muchos ciudadanos se dedicaron a criarlas. Hay que tener cuidado en no confundir el fin -los objetivos- con los métodos de medición. La obsesión indiscriminada por las métricas podría llegar a hundir la estrategia de una compañía.
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