jueves, 20 de marzo de 2014

RSC: lo que no se debe hacer



(Un texto en el suplemento económico de El Mundo del 20 de marzo de 2011)

Desde una perspectiva negativa, también se puede determinar qué es lo que las organizaciones deberían evitar para hacer felices a sus empleados. Un estudio de Tatum Consulting Group e Interban Network señala algunos males de las compañías, como el estrés, que implica ritmos asfixiantes y empleados en estado de tensión permanente provocado por la sobrevaloración de capacidades, la escasez de personal cualificado, la falta de información o las pérdidas de tiempo. Los síntomas más claros son el absentismo, las bajas por estrés, el síndrome del burn out, o el mal ambiente de trabajo. A esto se pueden añadir la osteoporosis organizacional -la estructura de la empresa se debilita por falta de recursos-, la miopía -falta de capacidad para reconocer con antelación los cambios que se dan en el mercado-y la artrosis, típica de las organizaciones con capacidad de adaptación a los cambios del entorno. Sin olvidar la esquizofrenia (el discurso y la realidad no coinciden, ya que existen personas inseguras en la dirección, y se advierte una incapacidad para comunicar la realidad y gestionar todos los conflictos) o la anemia, que es una disminución del compromiso en la organización causada por el incumplimiento de promesas laborales, la insatisfacción retributiva, la falta de reconocimiento y el robo de méritos. 

A esto se pueden añadir males como la sordera (exceso de autoestima y falta de autocritica); la depresión (organizaciones sumidas en crisis con una situación de desánimo generalizado que viene provocado por la dirección por amenazas, la presión excesiva, la lucha de egos o el miedo al cambio); o la anorexia (la excesiva racionalización de costes afecta al desarrollo y al crecimiento, causado por haber sobredimensionado la plantilla en el pasado.

martes, 18 de marzo de 2014

Piratas en Somalia



(La columna de Pablo Rodríguez Suanzes en el suplemento económico de El Mundo del 23 de noviembre de 2008)

En las últimas semanas, los piratas somalíes han vuelto a las portadas de los periódicos por los continuos secuestros de embarcaciones extranjeras. El penúltimo caso es el del Sirius Star, un petrolero saudí por el que piden un rescate de nada menos que 25 millones de dólares. En la web de la lnternational Chamber of Commerce está disponible el Live Piracy Map, un mapa actualizado con las coordenadas de todos los ataques de piratas […] (www.icc-ccs.org). Una de las victimas [en 2008] fue el atunero español Playa de Bakio, que fue capturado [en abril de 2008] y retenido hasta que, presuntamente, el Gobierno español pagó. 

Las consecuencias de los ataques para la economía son inmediatas. El coste de los seguros de los navíos se ha multiplicado hasta por 10 (www.strategypage.com) y las empresas acaban cargando los gastos en el precio final, como recoge Sebastien Berger en el Telegraph. Y no sólo eso. Con las navidades a la vuelta de la esquina, los piratas amenazan el abastecimiento de productos básicos. Es el caso, por ejemplo, de las videoconsolas. Los fabricantes, temiendo más secuestros, prefieren rodear África, con la consiguiente demora en las entregas. Lo avisa la Federación Internacional de Trabajadores del Transporte, en un artículo de Stefano Ambrogi para Reuters: ¿Sin Nintendo en Navidades? (http://www.reuters.com). 

¿Pagar o no pagar? El dilema que afrontan los propietarios de los barcos no es sólo ético. Los secuestradores piden millones, pero el coste de que hundan el barco con los cientos de miles de barriles de crudo es muchísimo mayor. ¿Entonces, hay que pagar? El caso remite al famoso dilema del prisionero y a la teoría de juegos (www.eumed.net/cursecon/juegos/index.htm). Si no pagan, pueden perder un barco, pero si lo hacen pueden sufrir más secuestros. Además del famoso John Nash, muchos economistas han ganado el Nobel en la última década por aplicaciones de la teoría. Entre ellos, Thomas Schelling.

domingo, 16 de marzo de 2014

Terremotos y beneficios



(La columna de Pablo Rodríguez Suanzes en el suplemento económico del 20 de marzo de 2011)

¿Puede el terrible terremoto de Japón ayudar a la economía? Nathan Gardels, obviando los miles de millones necesarios para la reconstrucción, cree que sí, pues ésta estimulará la demanda global, el crecimiento interno y la economía asiática (www.huffingtonpost.com/nathan-gardels). Will WiIkinson, irritado, recuerda la falacia de la ventana rota y cree que esa forma de pensar es «ridícula y desagradable» (economist.com/blogs/democracyinamerica). Ilan Noy, profesor de Economía en la Universidad de Hawai, ofrece una perspectiva rigurosa pero optimista (www.econbrowser.com).

 Hace un tiempo hablamos de los econofísicos, que aplican modelos de la ciencia a los mercados, tan imprevisibles como las fallas o las placas tectónicas. Existe incluso una Escala Richter que analiza la «sísmica de los mercados». Eso en el corto plazo. En el largo, el Banco Interamericano de Desarrollo cree que las catástrofes tienen un efecto menor de lo que pensamos (economix.blogs.nytimes.com). El terremoto de 1995 en Kobe causó pérdidas de 100.000 millones de dólares, pero según George Horwich, de Purdue, en 15 meses la actividad industrial se había recuperado. Cavallo, Noy, Galiani y Pantano, coinciden en un estudio de 2010 (www.economics.hawaii.edu/research/workingpapers/WP_10-6.pdf). 

Tras una desgracia siempre surgen iluminados. El gobernador de Tokio, por ejemplo, aseguró que el terremoto era «un castigo divino» para «lavar el egoísmo» japonés. Tesis que recuerda a las del célebre reverendo Faldwell tras el 11-S acusando a «paganos, abortistas, feministas, gays y lesbianas» (https://www.youtube.com/watch?v=H-CAcdta_8I). Cargadas de otro tipo de fanatismo estaban las palabras de Larry Kudlow, un famoso presentador de la CNBC, que afirmó sobre la tragedia japonesa, sin pestañear, que «El costo humano parece ser mucho peor que el económico, y podemos dar gracias por ello» (https://www.youtube.com/watch?v=cBskDv4LvwM).

viernes, 14 de marzo de 2014

Cómo hemos llegado aquí y qué aprendimos



(Un texto de Carlos Salas en el suplemento económico de El Mundo del 13 de septiembre de 2009. Seguimos haciendo arqueología de hemeroteca, sí.)

«¿Cómo hemos llegado aquí?» Era el 18 de septiembre [de 2008]. Lehman Brothers, uno de los bancos de inversión más afamados del mundo, había quebrado. Bank of America había comprado otro banco de inversión, Merrill Lynch, para que no se hundiera. El Gobierno de EEUU había metido 85.000 millones en AIG, la mayor aseguradora del país, para que no se hundiese. 

Acompañado por Hank Paulson, el secretario del Tesoro, y Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal, George Bush recibía noticias cada vez más pavorosas. Las Bolsas de todo el mundo se hundían como barcos llenos de agujeros. Entonces les miró a la cara y les preguntó: «¿Cómo hemos llegado aquí?». (The New York Times). 

[…] la caída de Lehman, el hecho que confirmó la catástrofe financiera mundial. ¿Cómo diablos se llegó a ese punto? ¿Quiénes fueron los culpables? ¿Cuándo se fraguó? 

El premio Nobel de Economía Paul Krugman le echa la culpa a Reagan, que cuando fue presidente de EEUU, en los 80, eliminó la necesidad de aportar una cantidad inicial para pedir una hipoteca. Los americanos se endeudaron como locos, claro. Il Sole 24 Ore, el mayor periódico financiero italiano, lo achaca a Bush, que en un discurso en 2002 animó a sus compatriotas a comprar casas porque «todo americano debía tener una casa». El catedrático Santiago Niño Becerra dice que esto viene del siglo XIX y del nacimiento del capitalismo (El crash del 2010). El economista y catedrático Jesús Huerta de Soto echa la culpa a los bancos centrales por no exigir a la banca comercial que por cada 100 euros depositados haya una garantía de 100 euros. 

Uno podría seguir sacando la baraja de opiniones sobre el origen de la crisis y pasarse horas debatiéndolo. Lo único que sabemos es que han caído muchos mitos económicos sobre el mercado, los bancos, las escuelas de negocio... ¿Qué podemos aprender de ello? 

1. ¿Debe ser el mercado completamente libre? No, porque si no hay leyes y organismos reguladores, el sistema acaba devorado por su hambre de ganar cada vez más dinero. 

2. ¿Es malo nacionalizar bancos? No, porque a veces hay que nacionalizarlos para proteger a los clientes y al propio sistema. Incluso el ex presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, amante furibundo del libre mercado, reconoció a principios de año que algunos bancos deberían ser nacionalizados para atajar los problemas.

3. ¿Hay que pensar en el accionista y darle valor? No, porque eso significa pensar en el corto plazo y las empresas son organismos vivos llenos de trabajadores, directivos y con clientes y productos. Hay que pensar en ellos, en el largo plazo. 

4. Si en mi oficina bancaria me aconsejan pedir créditos a interés variable, ¿debo hacerles caso? No, porque los créditos se pagan a largo plazo y en ese periodo hay muchas probabilidades de que suban los intereses y desequilibren la economía familiar. 

5. ¿Los fondos de inversión libre (hedge funds) dinamizan el mercado? No, porque no tienen patria ni escrupulos. Entran y salen de empresas y países, y son capaces de desestabilizar el mercado. 

6. ¿Los productos financieros sofisticados significan progreso? No, porque llega un momento en que nadie los entiende. Y si vienen apalabrados por un nombre exótico como Structured and enhanced fund for optimized securities actúan como engañabobos. 

7. ¿Los bancos centrales nunca se equivocan? No, porque se han equivocado subiendo los tipos cuando había que bajarlos (el año pasado, por ejemplo), y bajándolos escandalosamente cuando había que mantenerlos (a finales de los 90 y principios de 2000). 

8. ¿Los bonus estimulan a los ejecutivos a gestionar mejor las empresas? No, porque los ejecutivos sólo piensan en su compensación a corto plazo y descuidan los principios fundamentales que deben guiar a una empresa a largo plazo.

9. ¿La Bolsa siempre descuenta por anticipado las crisis? No, porque entre octubre y noviembre de 2007, cuando la crisis ya habla despegado, las Bolsas mundiales marcaron récords de subidas a pesar de que la economía mundial estaba en caída libre. 

10. ¿Tenemos que fiarnos del Fondo Monetario Internacional? No, porque muchos de sus técnicos se equivocaron. En 2008, hasta un economista del MIT, que ahora está en el FMI, dijo: «El estado de la macroeconomía es bueno». 

11. ¿Estamos formando correctamente en nuestras universidades a la futura elite? No, porque los mejores estudiantes no quieren ser empresarios, sino banqueros o brol?ers, y ganar mucho dinero en poco tiempo en alguna de las grandes firmas de Bolsa o inversión. Los salarios que les ofrecen son tan altos que todos acaban picando. 

12. ¿Los grandes bancos de inversión hacen que tu fortuna sea más grande? No, porque invirtieron en productos desconocidos de forma irresponsable y evaporaron gran parte de la fortuna de sus clientes. 

13. ¿Las sociedades de tasación evalúan de forma independiente el valor de los pisos? No, porque muchas de ellas son propiedad de bancos y cajas. Y para aumentar su negocio evaluaron por lo alto el precio de las viviendas. 

14. ¿Las agencias de rating dan calificaciones fiables? No, porque sus criterios están amañados para agradar a los clientes. De hecho, hace décadas no se permitían trabajar para los emisores de deuda, sino que lo hacían para las personas o empresas que compraban esa deuda. 

15. ¿Las auditoras y sus informes son fiables? No, porque desde hace muchos años venimos comprobando que sus informes son incompletos, que están mediatizados por sus clientes y que no detectan las situaciones de crisis. 

16. ¿La Securities and Exchange Commission es un excelente guardián de la Bolsa? No, porque desde hace 10 años recibió denuncias sobre un tipo llamado Bernard Madoff, pero no hizo nada, y pudo evitar la mayor estafa de la historia. 

Conclusión: si todos los puntos anteriores eran los pilares de la economía mundial, una de dos: o cambiamos de pilares o cambiamos de planeta.

miércoles, 12 de marzo de 2014

La crisis y los planes para cambiar el mundo



(Un artículo de Enrique Mora en el suplemento económico de El Mundo del 2 de noviembre de 2008. Curioso ver estas cosas a toro pasado.)

Las crisis, las duras, son una buena excusa para cambiar el mundo. Provocan la necesaria predisposición psicológica. Y la que estamos viviendo sobra para alentar esa predisposición. De hecho, hay un auténtico clamor en los medios de comunicación y entre los responsables políticos a favor de cambios radicales. La reunión del G20 [del día 15 de octubre debería haber dado] el pistoletazo de salida. Se habla de un «nuevo Bretton Woods» y de «refundar el capitalismo». Pero si nos quedamos ahí, en la parte puramente financiera, la reforma será insuficiente y no abordará la auténtica carencia: la necesidad de crear mecanismos mundiales de gobierno y ges· tión. No sólo de lo económico sino, ante todo, de lo político.  Si resolvemos lo segundo, lo primero vendrá dado. Y la necesidad de abordar esa carencia estaba presente mucho antes de que esta crisis estallara. 

El consenso general apunta tres razones para lo que está sucediendo:

1.- La abundancia de dinero por los bajos tipos de interés, a veces inferiores a la inflación. Euros a noventa céntimos. El resultado es una burbuja de activos de las que la inmobiliaria ha sido la más visible, pero no la única. Restablecer esos activos en precios más en consonancia con su valor intrínseco va a ser un proceso doloroso, en particular para los inversores/compradores de última hora.

2.- El excesivo apalancamiento financiero. Apalancarse es invertir con dinero prestado. Si compro un piso por 200.000 euros y en dos años lo vendo por 300.000 (¿les suena la música?) tendré una rentabilidad anual del 25%. Si de los doscientos, 150.000 son prestados al 4% de interés, al cabo de dos años devolveré 162.000 al banco. Mi inversión de 50.000 euros habrá producido 88.000. Un 88% de rentabilidad anual. Cuando hay inflación de activos el apalancamiento es un gran negocio. Cuando las cosas cambian es una trampa letal. Bear Stearns, el primer banco en caer de la ahora difunta banca de inversión norteamericana, tenía un apalancamiento de 30 a 1. Ahora hay que dar marcha atrás y reducir drásticamente el apalancamiento. Suprimiendo inversiones y no haciendo otras nuevas. Cuando no hay inversión, hay paro. Es ese el mecanismo por el que la crisis financiera se traslada a la economía real. Y ya está sucediendo. 

3.- La utilización de instrumentos financieros demasiado complejos para navegar entre ellos con los mecanismos clásicos de gestión de riesgos. Muchos inversores, institucionales incluidos, no sabían que estaban adquiriendo productos con respuesta potencial desmesurada a pequeñas variaciones en las condiciones de mercado. Y la gestión del riesgo utilizada no podía indicárselo. Perfectas mariposas de la teoría del caos aleteando en muchas carteras de inversión. 

Estas son las razones técnicas. Las reales son mucho más sencillas de entender: la irresponsabilidad (inundación de liquidez a bajo interés), la codicia (apalancarse sin freno) y la incompetencia (no saber con lo que se está jugando). Para resolver esto probablemente basta con una regulación inteligente. No hace falta refundar el capitalismo. Pero es que el problema es otro. 

Esta es una crisis de la globalización. Ésta ha hecho que el virus se haya transmitido a velocidad de vértigo de EEUU a Europa y a las economías emergentes. La globalización no es sólo un fenómeno económico, es sobre todo político. Y en ese campo, lo que tenemos desde hace unos años es una vuelta de la geopolítica, de las relaciones de poder entre Estados. Globalización y geopolítica casan mal. Si queremos salvar la primera tenemos que limitar la segunda. Y eso sólo se podrá hacer con mecanismos globales de regulación y gobierno acordados entre todos. Hacer de un mundo multipolar un mundo multilateral. 

Para ello ya no bastará la solución occidental. No bastará decir «no os preocupéis chinos o brasileños, por fin comprendemos y vamos a ampliar el G8 y lo que sea necesario; os vais a sentar con nosotros en todas las mesas, igual hasta resolvemos pequeños detalles como que el Benelux tenga más votos que China en el FMI. Eso sí, todo en el marco de la forma americano-europea de hacer la cosas, como toda la vida». Me temo que esta vez eso no va a bastar y que el futuro pasará por otra forma de hacer las cosas que ya no será exactamente la nuestra.
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