lunes, 15 de septiembre de 2014

Bitcoin, ¿burbuja o moneda del futuro?



(Un artículo de Jorge Mora en el Heraldo de Aragón del 8 de diciembre de 2013)

En mayo de 2010 Lazslo tenía hambre y le sobraban 10.000 bitcoins, así que entró en un foro de internet y ofreció su moneda virtual a aquel que le llevara dos pizzas familiares a su casa. Las consiguió. Y, probablemente, las disfrutó. Pero seguro que desde entonces se ha dado algún que otro cabezazo contra la pared al saber que hoy en día sus 10.000 bitcoins de 2010 valen más de 9 millones de dólares.

¿Qué es Bitcoin?
Bitcoin es, o mejor dicho, pretende ser, una moneda virtual, descentralizada y que no depende de ningún país ni de ningún organismo regulador. Nadie la controla y sus transacciones son públicas, comprobadas por los propios usuarios de la red Bitcoin.

¿Quién lo creó?
En 2008 una persona, o personas, bajo el seudónimo de 'Sashi Nakamoto', concibió los bitcoins en un documento describiendo su protocolo y su funcionamiento. El 3 de enero de 2009 se puso en funcionamiento la red Bitcoin y la moneda comenzó a producirse y a ser distribuida entre los participantes de la red. Por entonces el precio de un bitcoin era cero.

¿Cómo conseguirlos?
La manera más sencilla es comprarlos. Pero existe otra opción, conocida como 'minar' que, simplificando, consiste en poner a trabajar a un ordenador (o un conjunto de ordenadores) en un complejo problema matemático. Cuando este problema es resuelto por la máquina la red nos recompensa con bitcoins que podremos transferir. Este sistema protege la red de ataques y certifica la validez de las transacciones de todo el mundo.

El problema matemático se complica a medida que aumenta el poder de cómputo de la red y, lo que antes podía resolver un solo ordenador, ahora requiere de la capacidad de cálculo de decenas de ellos. En el mundo hay miles de equipos 'minando', respaldando la red y comprobando que todas las transacciones son correctas.

¿Cuántos bitcoins hay?
En este momento hay alrededor de 12 millones y ese número va aumentando paulatinamente. Mientras que la cantidad de euros o dólares es ilimitada y la cantidad que se emite depende del Banco Central, en un futuro habrá solo 21 millones de bitcoins. Ni uno más ni uno menos.

¿Cuánto vale un bitcoin?
El valor de esta moneda virtual fluctúa mucho. La semana pasada llegó a valer más de 896 euros, pero tras publicarse en la prensa que la banca china no operará con bitcoins, su valor de desplomó por debajo de los 600. Por el momento, los bitcoins están siendo utilizados para especular con ellos, pero si su precio no se estabiliza será difícil que puedan imponerse como moneda de uso cotidiano.

¿Son anónimos?
Las transacciones son completamente transparentes y públicas, pero totalmente anónimas. El usuario tiene una clave de su cartera virtual que contiene sus bitcoins, pero esta cartera no es nominal, por lo que pertenece al que posee la clave. No son pocos los que han advertido del potencial de esta nueva moneda para atraer a quien quiera blanquear dinero.

¿Qué aspecto tiene?
Aunque existen representaciones físicas de la moneda, el intercambio se hace a través de la red Bitcoin de forma totalmente digital, por lo que queda constancia de toda transacción y esta es verificada por los 'mineros'.

¿Son seguros?
La verificación es parte del propio sistema y aporta beneficios a los usuarios. Además, su complejidad creciente hace que sea más rentable contribuir a la seguridad de la red que tratar de 'hackearla' por un puñado de bitcoins.

¿Para qué me sirven?
El principal uso actual de los bitcoins es especular: comprar barato, esperar y vender caro. También están siendo utilizados para realizar transferencias de dinero de un país a otro evitando comisiones. En cuanto a su uso como moneda, muchos negocios 'online' permiten pagar con bitcoins y existen páginas dónde intercambiarlos por tarjetas regalo para las principales tiendas virtuales. Su virtud es que las comisiones por transacción son muy bajas, sobre todo comparadas con servicios como PayPal. El siguiente paso será llevarlos a los comercios tradicionales. Sin embargo, de poco servirá su popularización, si la moneda no se estabiliza y con lo que un día te puedes comprar un televisor al siguiente no te llegue ni para un café.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Un rescate con muchas caras



(La columna de Pablo Rodríguez Suanzes en el suplemento económico de El Mundo del 28 de septiembre de 2008)

[Últimamente], se han puesto de moda vatios términos relacionados con los rescates estatales de empresas al borde de la quiebra. Entre ellos, destacan los de bail-out y bridge loan (swing loan). ¿Qué diferencias hay? Pues la misma que entre liquidez y solvencia. Si se trata de lo primero, las empresas puede solicitar un bridge loan o préstamo puente. Es decir, un préstamo a corto plazo que se concede mientras la compañía «se asegura financiación permanente o acaba con una obligación existente». (www.investopedia.com/terms/b/bridgeloan.asp). […]

Un bail-out o rescate financiero es algo más serio. Aunque su objetivo principal es también ayudar a hacer frente a las obligaciones a corto plazo, suele estar más asociado a la falta de solvencia que a la de liquidez, y a una bancarrota inminente. El problema es que, muchas veces, estos rescates no son sino parches insuficientes, como destaca el editorial de The New York Times del pasado día 19 [de septiembre de 2008] (www.nytimes.com/2008/09/20/opinion/20sat1.html). Ahora, tras el acuerdo alcanzado entre demócratas y republicanos en EEUU, parece que el mayor rescate desde la Gran Depresión está cerca. Eso sí, la broma costará 700.000 millones de dólares a los contribuyentes. El semanario liberal The Economist se preguntaba con razón […], con sarcasmo y temor, What's next? (www.economist.com).

Uno de los momentos más delicados de [ese] mes para los dirigentes de la Reserva Federal fue cuando tuvieron que decidir no rescatar Lehman Brothers. ¿Por qué Lehman no y Bear Stearns sí? Porque las implicaciones de la caída de uno y otro para el sistema financiero no hubiesen sido las mismas, como explicaba David Gaffen en su blog del Wall Street Journal (http://blogs.wsj.com/marketbeat). ¿Deben caer los gigantes con pies de barro? James Surowiecki ofrecía el [anterior mes de] marzo una visión histórica destacando lo que ocurrió en los años 30 cuando eso mismo pasó (www.newyorker.com).

jueves, 11 de septiembre de 2014

Lecciones del ‘crack’ del 29



(La columna de Carlos Salas en el suplemento económico de El Mundo del 28 de septiembre de 2008)
Sucedió en un hotel de Nueva York. Llegó un señor muy elegante y pidió una habitación en los pisos más altos y con hermosas vistas. «¿Para dormir o para saltar?», preguntaron los conserjes. No bromeaban. Aquel hombre tenía cara de ser una desesperada víctima de Wall Street.

Todo el paisaje de la calle financiera más famosa del mundo parecía un gran almacén en liquidación de cuyos edificios en ruinas emergían zombis arruinados. El tifón financiero se había llevado tantos empleados ricos y de coches deslumbrantes que la Casa de la Moneda pensó en acuñar millones de monedas pequeñas porque imaginó que una tromba de parados iba a usar el metro por primera vez.

Los analistas escribieron unas crónicas donde dijeron que «de la misma manera que el descubrimiento de América o la Revolución Francesa cambiaron la faz del mundo, el crack americano trastornó completamente el mundo occidental, la fisonomía de la vida económica y con ella la estructura social».

Ha sido la mayor catástrofe financiera jamás contada. Pero ustedes sólo la recordarán por las fotografías en blanco y negro. Fue el crack de 1929. Hace casi 80 años. Hasta aquel fatídico jueves de octubre en que los valores de Wall Street se hundieron un 13%, la palabra que mejor definía la situación de EEUU era «Prosperity». Pero en realidad era una exuberancia irracional.

André Kostolany vivió muy de cerca aquellos días de tormentas y más tarde escribiría: «En el año 1929 ocurrió la más grande catástrofe financiera que se haya producido jamás». Kostolany era húngaro, como George Soros. Poseía pasaporte norteamericano, como Soros. Y era uno de los mayores jugadores de Bolsa de su tiempo, como hoy lo es Soros.

Cuenta este húngaro que tras aquel calamitoso jueves de octubre de 1929, el Gobierno de Estados Unidos hizo declaraciones oficiales en la prensa con llamadas a la calma. Los banqueros más poderosos se reunieron para inyectar 240 millones de dólares al mercado, suma gigantesca entonces, y quien dirigió la operación fue el vice- presidente de la Bolsa de Nueva York.

Vaya, eso me suena a... lo tengo en la punta de la lengua.

Según Kostolany, el precio de las acciones estaba hinchado. ¿Culpable? Se habían realizado muchas compras al descubierto o a crédito, y llegó un momento en que la euforia alcista impidió a los inversores ver que la burbuja estaba a punto de estallar. Los especuladores jugaban al alza, claro, porque pensaban que eso iba a subir y subir y subir. Puro farol. Kostolany, en cambio, jugó a la baja en aquel crack y explicaba el mecanismo en su divertido libro Así es la Bolsa (Editorial Vergara).

Primero, usted piensa que un valor va a bajar y lo compra a 100 dólares. Pero en realidad no desembolsará nada hasta dentro de un mes. Si pasados 30 días, ese valor está en 80 dólares, usted los adquiere a 80 y los vende a 100, como está previsto en su contrato. Se embolsa 20 dólares.

En el crack del lunes 15 de septiembre [de 2008], algo parecido ha sucedido pues la Bolsa está infectada de operaciones al descubierto. No a 30 días, sino a un plazo de tres días. Y todo sin desembolsar dinero. Además, alguien se inventó un producto financiero llamado CDS (Credit Default Swaps) para colocar los créditos de dudoso cobro. Era una especie de seguro contra los morosos, pero cuando esos seguros tienen el tamaño de un gigante, ya no son seguros. Tanto Lehman como AIG estaban atiborrados de CDS y llegó un momento en que no pudieron garantizar sus pagos, a pesar de que las firmas de calificación financiera decían que eran segurísimos. Pero, ¿es que alguien sabe cuánto valen esas cosas?

«En realidad, las cotizaciones no están nunca a su valor real. Siempre están más altas o más bajas. Si fuera posible fijar el valor exacto de una sociedad industrial no habría siquiera Bolsa. Habría un precio fijo para las acciones, el mismo cada día y para todo el mundo», dice Kostolany.
¡Qué barbaridad!, pensarán ustedes, ¿cómo es posible que oscilen tanto los valores? El mismo lunes en que las bolsas se pegaban un leñazo, el artista británico Damien Hirst subastó una vaquilla metida en formol por 13 millones de euros. ¿Quieren que les repita este párrafo? Trece millones.

Y siempre que hay un terremoto en la Bolsa aparece un organismo salvador, que puede ser un grupo de banqueros o el mismo Estado. Bush ha anunciado el nacimiento de una agencia que se hará cargo de los activos tóxicos. Poco después de la crisis de 1929, nació la Securities and Exchange Commission, un organismo para velar por la Bolsa. Y en 1913 también nació el sistema de la Reserva Federal, para coordinar la actividad de los bancos centrales de Estados Unidos, tras el crack de 1907. Perdón, ¿es que usted no oyó nunca nada de la crisis de esos años? ¿Y la del hundimiento de las minas sudafricanas de oro del 1895? ¿Y el crack de Viena de 1873? ¿Y el famoso viernes trágico de Nueva York en 1823? ¿Y la suspensión de pagos de Felipe II, emperador español?

La verdad es que los periodistas podríamos crear una plantilla denominada crisis bursátil y sacarla siempre que vinieran estos vendavales, porque así nos ahorraríamos mucho tiempo. Sucederá siempre así porque, como decía una información de la BBC sobre las lecciones de esta crisis, «Con el ritmo de las innovaciones financieras que pueden desatar una crisis, los reguladores frecuentemente no logran mantenerse al día».

Por lo menos, esta burbuja ya tiene una ciencia para estudiarla: burbujonomía (bubblenomics). Uno de los mejores resúmenes de esta ciencia, tan parecida al acelerador de partículas de Ginebra, lo hizo un dibujante para el International Herald Tribune. Aparecen dos ejecutivos succionados por un inmenso agujero negro en el espacio que se lleva sillas, mesas y edificios de Wall Street. Y uno le dice al otro: «Temo que nuestros experimentos han creado un verdadero agujero negro». (Pueden ver una selección de chistes en http:// http://www.cagle.com/trends/).

martes, 9 de septiembre de 2014

Festivos y calendario laboral: en España no trabajamos menos que los demás



(Un texto de L. Abellán y A. Romero en El País del 21 de noviembre de 2013 –lo de EEUU lo ha escrito S. Pozzi. Y no, en España no tenemos más que todos los demás…)

 La tradición dicta que los europeos celebran sus días de gloria descansando. La costumbre no había suscitado mayores recelos hasta que la crisis económica colocó los festivos en el punto de mira de los recortes. En España, el Gobierno persigue desde hace tiempo una reordenación de las fiestas para evitar los puentes […]

Sin la urgencia que pretendió en un primer momento, el Gobierno trabaja en los cambios legales que permitirán desplazar determinados festivos para reducir los macropuentes. Los sindicatos y la patronal mostraron su acuerdo, pero la Iglesia se ha resistido a mover algunas festividades religiosas. Un rápido vistazo al panorama europeo demuestra, además, que el debate resulta o más cosmético que asentado sobre bases sólidas.

Al igual que España, todos los países cuentan con un número de festivos -en general, entre 10 y 15, más que en el caso español- repartidos a lo largo del año y que complementan las vacaciones ordinarias. La mayoría de estados de la UE mantienen estable la cifra, aunque las estrecheces de los últimos años han supuesto ya la reducción de algunos festivos (por ejemplo, en Portugal).

Establecer una relación entre esas libranzas y la productividad laboral resulta muy tentador, pero poco veraz con las cifras en la mano. Aunque no existen datos armonizados, la comparativa que publica cada año el Diario Oficial de la Unión Europea desmonta algunos mitos: España constituye, junto con Reino Unido, el segundo país con menos festivos oficiales (ocho cada uno en 2013), mientras Bélgica figura a la cabeza, con 20, seguida de Eslovenia (17), Eslovaquia (16), Lituania y Chipre (15). Por el contrario, países como Italia, Portugal y Grecia registran niveles más modestos.

Las fechas, en cualquier caso, no son homologables. En algunos países, como España, los datos recogen estrictamente los festivos comunes a todo el territorio (lo que excluye el Jueves Santo), mientras en Bélgica el espectro se amplía a festividades regionales.

El debate se complica mucho más si en lugar de los días festivos se observa el tiempo de trabajo en su conjunto. Ahí Europa sí cuenta con datos homogéneos y los resultados son rotundos: los países con mejor desempeño económico cuentan con jornadas laborales más cortas (Holanda, con 30 horas a la semana; Alemania con 35, y los nórdicos con una barquilla entre 33 y 37), mientras los menos desarrollados llegan a superar las 40 horas semanales. España, con 37,9, se sitúa por encima de la media de 37,2 horas, según los datos de Eurostat, la agencia estadística comunitaria, relativos al tercer trimestre de 2013.

Pese a estos resultados, los países en dificultades no han podido evitar que se busque ampliar el tiempo de trabajo como medida anticrisis. El resto mantiene sus festivos sin controversias. La lista europea incluye, en general, el 1 de enero, uno o varios días en Semana Santa, el 1de mayo, el 1 de noviembre y el 25 de diciembre. A esas fechas comunes cada país le añade sus propias peculiaridades, de tipo religioso y civil.

PORTUGAL
Entre las exigencias por mor de la productividad de la troika para Portugal se contaba la de reducir los días festivos. El Gobierno del conservador Pedro Passos Coelho anunció en 2012 que el calendario de fiestas, que incluía por entonces 14 días, se debía reducir, ya en 2013, a 10. Una vez que la población, resignada, aceptó el enésimo recorte (este en el tiempo de descanso y no en el bolsillo), se estableció una discusión con los agentes sociales y con el Vaticano para elegir qué días debían de caerse del calendario. Desde el principio se decidió que serían dos con motivo religioso y dos con motivo civil. Al final, cuatro días hasta ahora festivos son desde este año laborables (y en principio hasta 2018).

ITALIA
Los italianos cuentan con 12 días festivos: 11 fiestas nacionales y una de carácter local que, en la mayoría de los casos, suele coincidir con el día del santo patrón. El calendario laboral no se fija año por año. Las fiestas se establecieron inicialmente mediante una ley de 1949, que ha sido objeto de posteriores intervenciones legislativas para suprimir fiestas.

Cuando alguna cae en domingo, no se recupera. Tampoco está previsto pasar al lunes las que caigan entre semana. En 2011 hubo una propuesta del Gobierno Berlusconi para pasar al lunes las fiestas civiles y al domingo siguiente las locales o patronales, pero no prosperó. Históricamente ha ido disminuyendo el número de festivos. El recorte más drástico se realizó mediante una ley de 1977 que suprimió siete de un tajo.

FRANCIA
Los festivos, puentes y vacaciones están estipulados por el Código de Trabajo, el equivalente al Estatuto de los Trabajadores. Los días de fiesta legales son una síntesis de la tradición católica, sindicalista y republicana. Las empresas pueden conceder de uno a dos días libres a sus empleados entre un festivo y el día de reposo semanal. Desde 2012, si el día festivo cae en jornada laborable, el asalariado lo cobrará como trabajado si tiene al menos tres meses de antigüedad.

Desde que se aprobó en 2001 la ley de las 35 horas semanales, muchos franceses libran tres o incluso cuatro días a la semana, y muchos aprovechan las frecuentes vacaciones escolares para ausentarse del trabajo durante una semana o 10 días. Además, los asalariados tienen derecho a dos días y medio de vacaciones pagadas por cada mes de trabajo efectivo, es decir, 30 días laborables de reposo.

ALEMANIA
El calendario laboral alemán difiere según la tradición religiosa de cada región, con nueve festividades comunes y otras que varían en función de la comunidad. Hay tres laicas, festividades católicas y festividades evangélicas. El 3 de octubre, Día de la Unificación, se celebra en todo el país la fiesta nacional desde 1990. También son festivos comunes el Día del Trabajo y el 1 de enero también es libre en toda Alemania. El resto de las festividades son religiosas. En todo el país hay otros seis festivos: Viernes Santo, Lunes de Pascua, Ascensión de Jesús, Pentecostés y Navidad (25 y 26 de diciembre).

BÉLGICA
Hay pocas reglas nacionales en Bélgica. El calendario oficial establece 10 días festivos para todo el territorio, a los que se suman otros tantos de tradiciones flamencas o valonas. El número de festivos ha permanecido estable en los últimos años y "no es objeto de polémica para nadie”, explican en el Ministerio de Empleo.

EE UU, sin fiestas nacionales oficiales
A diferencia de otros países, Estados Unidos no tiene fiestas nacionales oficiales, aunque sí cuenta con un calendario para funcionarios que sirve de guía para las empresas privadas. Es decir, cada uno lo sigue libremente. Las que siempre se observan son Año Nuevo, Memorial Day (último lunes de mayo), el Día de la Independencia, el Día del Trabajo (primer lunes de septiembre), el Día de Acción de Gracias (último jueves de noviembre) y el de Navidad. Wall Street cierra también en el cumpleaños de Martin Luther King y el de George Washington, también conocido como el Día de tos Presidentes. Sin embargo opera en Columbus Day, equivalente al día de la Hispanidad, y el de los Veteranos, consideradas fiestas federales.

El mercado de bonos de Chicago sigue las 10 fiestas federales y como en el parqué neoyorquino se observa también el Viernes Santo, que no es festivo para los empleados públicos. Hay otro día libre para los funcionarios, pero sólo aparece señalado en el calendario cada cuatro años: cuando toma posición el presidente de Estados Unidos.

Las tiendas solo cierran el día de Acción de Gracias y en Navidad, y algunas en Pascua. Si la fiesta cae en sábado, se suele adelantar al viernes, y cuando lo hace en domingo, pasa al lunes. No hay puentes. En este caso, como sucede con otras fiestas religiosas o de algún Estado, decide el empleador.   
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