lunes, 21 de febrero de 2022

Conectarse o morir: la actividad logística como aceleradora del cambio

(Un texto de Josune Ayestarán en el suplemento económico del 6 de abril de 2014)

Liderado principalmente por operadores privados, el sector logístico se ha convertido en objeto de interés de la política nacional y regional. El motivo: una buena estructura operativa puede incidir muy positivamente en el crecimiento económico.

El informe Conectarse para competir 2014 del Banco Mundial (http://d21a6b425f3bbaf588249ec594b5f9dc5376fe36450505ae1164.r12.cf2.rackcdn.com/LPI_Report_2014.pdf) realiza una clasificación de 160 países en función de aspectos como el funcionamiento de sus aduanas, la calidad de sus infraestructuras o la seguridad en sus envíos. A pesar de la convergencia observada desde 2007, la brecha entre países continúa.

Alemania, otra vez. El comportamiento logístico depende de la fiabilidad de la cadena operativa y de las expectativas respecto a su eficiencia. Quizá sea esa fiabilidad lo que ha permitido que, con una puntuación de 4,12 puntos sobre 5, Alemania corone, una vez más, el ránking Logistics Performance Index (LP1). Inmediatamente detrás, Holanda, Bélgica, Reino Unido y Singapur. En decimoctava posición, España, empatada en puntos con Taiwán (3,72).

Un sector por descubrir. Pero la posición geoestratégica española puede convertirse en la mejor baza. En contra de lo que se pudiera pensar, su situación periférica respecto al continente europeo la convierte en la puerta de entrada de mercancías procedentes tanto del norte de África, como de América y Asia. Otro punto fuerte lo constituyen sus infraestructuras, especialmente su red ferroviaria, todavía pendiente de un uso más rentable. Más aún. Hace apenas un mes el Ministerio de Economía anunciaba que las exportaciones españolas aumentaron un 5,2% en 2013. Por tanto, todo parece indicar que el sector logístico puede convertirse en un buen acicate para el crecimiento. De momento, sólo representa un 5,5% del PIB, pero su gran potencial puede incrementar ese porcentaje en el futuro.

jueves, 6 de enero de 2022

El helicóptero del dinero

(Un artículo de Carlos Manuel Sánchez en el XLSemanal del 1 de diciembre de 2019)

¿Qué le parecería recibir 7.500 euros? Se los daría el Gobierno, por orden del Banco Central Europeo. Lo llaman el ‘helicóptero del dinero’ y, aunque cueste creerlo, esta es la receta que muchos economistas plantean para reactivar la economía y sortear la próxima crisis. 

Una mañana consulta usted su cuenta corriente y ve que le han ingresado una sustanciosa cantidad. ¿Cuánto? Suficiente para vivir el próximo mes. Pregunta a sus familiares, a vecinos y compañeros de oficina. Todos han recibido la misma inyección de dinero que usted. En todos los países de la Unión Europea ha sucedido lo mismo, cortesía de sus respectivos gobiernos por orden del Banco Central Europeo (BCE). Y no tiene que devolverlo ni pagar intereses. Es un regalo. Un donativo universal. A cambio, el BCE sólo le pide una cosa: que se lo gaste. Consuma, compre. ¡No se lo guarden!

No se pellizque, no está soñando. Si se llegara a poner en práctica, ¿esta crisis, quizá?, recibiría lo que los economistas llaman ‘el helicóptero del dinero’.  Una sugerente metáfora: imagine una aeronave desde la que se lanzan billetes a diestra y siniestra. Esa es la idea. Se le ocurrió en 1969 a Milton Friedman. El Nobel de Economía de 1976 no era, precisamente, la hermanita de los pobres ni un antisistema. Fue uno de los fundadores de la Escuela de Economía de Chicago, defensora a ultranza del libre mercado. Medio siglo más tarde, Martin Wolf principal comentarista económico del Financial Times, la biblia del capitalismo ha desempolvado aquella idea de Friedman. «Los políticos deben prepararse para una nueva normalidad en la que se tomarán medidas menos cómodas y convencionales. Hará falta valentía. Cuando se agotan las opciones posibles, lo que queda, por improbable que sea, debe ser la respuesta», vaticinaba ya en 2016. No, Wolf no se nos ha vuelto un ‘yayoflauta’. Y su propuesta, tras el asombro inicial, tiene cada vez más adeptos. Porque la economía global se está frenando de nuevo y nos estamos quedando sin munición para reactivarla.

Los gurús llevan meses anunciando la crisis. Los síntomas se multiplican. el consumo no espabila, la inflación es bajísima y la producción industrial se libra de la recesión por los pelos. Los ahorradores buscan valores donde refugiarse y el precio del oro se dispara desde 36 euros el gramo a 45. Neil Dwane, estratega de la aseguradora Allianz, considera la situación desconcertante: «La economía se reactivó por la intervención agresiva de los bancos centrales, que redujeron los tipos de interés a niveles mínimos o por debajo de cero».

El ‘experimento’ de las autoridades monetarias, sin embargo, ha tenido dos consecuencias. Por un lado, los fondos de pensiones, obligados a comprar bonos con intereses negativos, ¡invierten para perder! Por el otro, se ha prestado tanto dinero gratis a la industria financiera que se ha creado una burbuja alcista en las Bolsas, pues las empresas lo han usado para recomprar sus acciones y repartirse dividendos. «Cuando los directivos dedican más tiempo a la gestión del precio de las acciones que a su negocio, esto puede conducir a una menor inversión». En resumen, se ha castigado a las hormigas y se ha premiado a las cigarras. Ray Dalio, el multimillonario fundador del fondo Bridgewater, pronostica que en 2020 la probabilidad de que haya crisis es del 25 por ciento. Acertar con la fecha ya es como ganar la porra. Un debate menor en comparación con lo que más preocupa: ¿cómo saldremos de esta?

«’El helicóptero del dinero’ es una doctrina económica arriesgada, pero es la idea de moda se reflexiona en un artículo de Bloomberg. Casi nadie cree que los bancos centrales pueden arreglar una economía mundial estancada con las herramientas actuales. Un consenso emergente dice que la próxima recesión debe ser afrontada con inyecciones directas de cash».

The Washington Post, por su parte, cita un documento de tres antiguos banqueros centrales: Philipp Hildebrand (de Suiza), Jean Boivin (de Canadá) y Stanley Fischer (de Israel; también fue vicepresidente de la FED de EE.UU.). «Hay que poner dinero en manos de los consumidores», afirman. Y la CNN se hace eco de un informe del Deutsche Bank: «’El helicóptero del dinero’ podría ser muy efectivo aplicado de manera adecuada».

Frances Coppola, comentarista de Forbes, también lo defiende recordando que la crisis de la que ahora arrastramos estos lodos tuvo dos fases. La caída de Lehman Brothers (2008) desencadenó una cascada de deudas impagables que contagió a todo el sistema financiero. Y la desconfianza en el euro (2012) solo se calmó cuando Mario Draghi, expresidente del BCE, dijo que haría «todo lo que fuera necesario» para defender la moneda europea. ¿Pero qué fue exactamente ‘todo lo necesario’? «Para evitar una depresión como la de los años treinta, el BCE lanzó lo que se conoce como ‘expansión cuantitativa’ (QE, por sus siglas en inglés). Imprimió dinero y lo metió en el sistema para comprar deuda de los gobiernos. También lo prestó gratis (o casi) a la banca. Y redujo los tipos a mínimos históricos». En esencia, un ‘chute’ de adrenalina que funcionó a medias.

Ojo. No solo lo hizo el BCE, también la FED y los bancos de Inglaterra o Japón. En total, según Financial Times, se han inyectado 15 billones de dólares. Estados, bancos y empresas han ganado así tiempo para arreglar sus cuentas, pero el enfermo no termina de reanimarse. «El dinero no circula donde más se necesita: en los hogares y pequeños negocios. La QE debería ir directa a los bolsillos de la gente. Este estímulo proporcionaría mayor crecimiento y reparto de la riqueza, y sería una manera de afrontar, a largo plazo, la transición hacia la automatización y el envejecimiento», asegura Coppola. Se calcula que, si el BCE hubiera dado ese dinero a los ciudadanos, cada europeo habría recibido 7500 euros.

Los detractores objetan que sacar ‘el helicóptero’ es una temeridad. Y apuntan a que el dinero puede perder valor. Los alemanes aún recuerdan la República de Weimar, cuando la gente cobraba su salario en sacos de billetes. Pero la hiperinflación -sostienen los partidarios del ‘helicóptero’- se produce ante la escasez de oferta, como en la antigua Yugoslavia o Venezuela. No en Europa, donde hay de todo y de sobra.

Coppola aclara, por último, que no hay que confundir ‘el helicóptero’ con la renta básica universal. No es un sueldo que todos cobremos cada mes sin trabajar, sino una especie de paga extra para emergencias como esta.

Posibles cisnes negros en 2020 [cuando escribieron esto, no pensaron en el que realmente apareció: la pandemia]

1. BANCA EN LA SOMBRA

El FMI alerta de que la llamada ‘banca en la sombra’ fondos de inversión, capital riesgo… está esquivando los tipos de interés negativos con inversiones cada vez más temerarias en startups, ‘unicornios’, bonos griegos… Estas entidades fueron las grandes beneficiadas de la crisis, al aprovecharse del dinero ‘gratis’ prestado por los bancos centrales para crecer. Son tan grandes en Europa, el sector se ha duplicado en diez años, y supera los 40 billones de euros que si alguna cae y arrastra a otras el descalabro causaría un impacto sistémico.

2. ‘EMPRESAS ZOMBIS’

Neil Dwane, de la aseguradora Allianz, señala que los bajísimos tipos de interés y las inyecciones de liquidez de los bancos centrales han ayudado a consolidar ’empresas zombis’, cuyos beneficios provienen de la ingeniería financiera, no de la producción de bienes y servicios, pues no son competitivas. Es una paradoja: pierden dinero con los productos que venden, pero lo compensan, e incluso ganan, especulando en los mercados financieros. «Japón ha sufrido este fenómeno durante 30 años y los Estados Unidos y Europa parecen estar siguiendo un camino similar». Esto lastra a otras empresas que podrían ser rentables. Y no permite que la economía se depure.

3. ‘VILLANOS’ TECNOLÓGICOS

La analista Rana Foroohar señala en el Financial Times que las grandes tecnológicas «se han hecho tan poderosas que se creen con derecho a funcionar con sus propias reglas, como la banca antes de la crisis de 2008». Tributan lo que quieren y donde quieren, imponen los precios, expulsan a los competidores… Pero hay un desfase entre el dinero que captan (se han aprovechado de los océanos de liquidez por las políticas monetarias para salir de la recesión) y el rendimiento económico que dan o el empleo que reparten. Y se niegan a reconocerlo. «En todas las grandes caídas, los villanos son los héroes de la crisis anterior», sentencia Foroohar.

jueves, 7 de octubre de 2021

La crisis del colectivismo vegetariano

(Un texto de Lorenzo Bernaldo de Quirós en la revista Actualidad Económica del 28 de mayo de 2020)

"La caída del Muro de Berlín simbolizó el fin del colectivismo carnívoro, el comunismo; la crisis actual representa el agotamiento del colectivismo vegetariano, el consenso socialdemócrata".

En 2004, dos años antes de su muerte, Milton Friedman escribía en las páginas del Wall Street Journal: "Después de la Segunda Guerra Mundial, la opinión era socialista, pero la práctica era el libre mercado; ahora, la primera es promercado, pero la segunda es fuertemente socialista. Hemos ganado la batalla de las ideas, aunque esta victoria nunca es permanente. Hemos logrado frenar el avance del socialismo, pero no hemos conseguido invertir su curso". En 2020, este pesimista veredicto friedmanita resulta de un optimismo recalcitrante al contemplar la feroz ofensiva anticapitalista cuyo objetivo es impulsar una nueva expansión del tamaño y del poder del Estado en la mayoría de las sociedades desarrolladas.

La izquierda que profetizó durante más de un siglo el inevitable colapso del capitalismo, víctima de sus "contradicciones internas", siempre cree reivindicados sus negros augurios ante cualquier perturbación económica. Así reaccionó ante la crisis financiera que se desencadenó en el bienio 2007-2008 y repite su ofensiva ante la actual. Este enfoque parte de una falacia convertida en sabiduría convencional: la supuesta hegemonía universal del capitalismo liberal cuyo fracaso exigiría buscarle una alternativa o someterle a un fuerte control estatal. Esta tesis repetida hasta la saciedad merece un comentario porque se asienta sobre premisas contrastablemente falsas.

Los 20 años posteriores a la Segunda Guerra mundial aparecen como un paraíso perdido en el cual se fraguó un hipotético pacto social que permitió un intenso proceso de crecimiento, de creación de empleo y de bienestar para todas las capas sociales. Cuando los socialistas de todos los partidos reivindican esa era dorada, hay que recordarles un pequeño detalle. En 1965, la ratio gasto público/PIB se situaba en el 26,4% y la participación de los impuestos en el PIB suponía el 26,4% en el promedio de la OCDE. En otras palabras, el milagro económico de la posguerra se produjo con un Estado pequeño, de dimensiones muy inferiores a las presentes.

El final de ese ciclo expansivo se produce a raíz del choque petrolífero de 1973, afrontado por la mayoría de las economías avanzadas con políticas monetarias y fiscales keynesianas. Es ahí cuando se produce el salto cualitativo del Estado en la OCDE con un resultado: la estanflación de la década de los 70, esto es, una inflación creciente con un crecimiento declinante. Esa situación desencadenó la denominada "revolución liberal", iniciada en Estados Unidos y Gran Bretaña en los años 80. Casi cuatro décadas después de la supuesta hegemonía global del liberalismo, la ratio impuestos/PIB es más elevada que en 1979 (34,3% en 2019 frente al 30% en 1979) y el gasto público está prácticamente en los mismos niveles que tenía entonces.

Los datos demuestran con una claridad absoluta la falacia de la drástica reducción del peso del Estado en la economía. La exitosa resistencia al cambio del socialestatismo, su inmunidad a sus propios fracasos y su capacidad de contraataque cuando atisba la ocasión de hacerlo se debe a la alianza de ese triángulo de hierro de buscadores de rentas, burócratas y políticos oferentes de ellas, que impulsaron e impulsan el aumento de la esfera de actuación del Estado. Esa coalición de intereses, la famosa tiranía del statu quo friedmanita no busca ya mantener esa situación, sino ampliarla, soportada por una poderosa fuerza intelectual y mediática. Desmoralizada y a la defensiva tras el desplome del comunismo y el descrédito de la socialestatismo keynesiano resucita ahora ante el aparente desplome de un capitalismo liberal cuyo predominio ha sido virtual, un brillante ejercicio de propaganda.

Los peligros para la estabilidad económica y política de las democracias occidentales no proceden de un exceso de mercado, sino de un exceso de Estado. Esta adopta tres sutiles formas: primera, la gradual expansión del poder estatal reduce gradualmente la libertad individual y esa dinámica tenderá a agudizarse si persiste el incremento de aquel. Segunda, los Gobiernos conceden/comparten cada vez más poder con los grupos de interés a cambio de su apoyo y tercera, el Estado mantiene promesas que no podrá cumplir. Esos tres elementos amenazan con erosionar o destruir los cimientos de la sociedad abierta y de sus dos expresiones institucionales: la democracia liberal y la economía de mercado.

Si la alternativa a la economía mixta dominante consiste en aumentar aún más su componente estatista, las crisis se repetirán cada vez con mayor frecuencia a intensidad, salvo que la refundación del capitalismo, preconizada por los estatistas, lleve a su sustitución por un sistema totalmente controlado por el Estado. En las actuales circunstancias, ya no existe una tercera vía entre el capitalismo democrático y la planificación suave o dura. Las economías mixtas son estructuralmente inestables. O domina el mercado, la libre empresa, o lo hace el Estado.

En las décadas posteriores a los dos choques petrolíferos de los 70, una moderada e incompleta dosis de liberalismo logró revitalizar el mortecino modelo estatista vigente en la mayor parte del mundo y proporcionarle un balón de oxígeno. Ahora, una inyección adicional de estatismo en la estructura de unas economías ya muy intervenidas solamente logrará destruir los mecanismos que hacen posible el crecimiento y la generación de riqueza producidos por esa "increíble máquina de fabricar el pan" a la que se conoce como sistema de libertad económica. Sí, es verdad: hay que refundar el capitalismo, pero en una dirección radicalmente distinta a la de quienes por ignorancia o por ideología preconizan políticas que son un beso mortal.

En 1989, la caída del Muro de Berlín simbolizó el fin del colectivismo carnívoro, el comunismo; la crisis actual, precipitada por la pandemia del covid, representa el agotamiento del modelo que de hecho ha predominado desde los años 70, el colectivismo vegetariano, el consenso socialdemócrata.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

Bretton Woods: Sé lo que hicisteis en el verano de 1944

 (Un texto de F.J.Losilla Eixarch en el Heraldo de Aragón del 15 de mayo de 2016)

Bretton Woods es una zona eminentemente turística del estado de New Hampshire (noreste de Estados Unidos), sembrada de bosques y otros atractivos. Una de las joyas de la corona es el Mount Washington Hotel, uno de esos grandes hoteles a la vieja usanza. Inaugurado el 28 de julio de 1902, en su construcción intervinieron unos 250 artesanos venidos de Italia. 114 años después, este majestuoso establecimiento sigue abierto al público, con dos campos de golf, circuitos de hípica y varias pistas de esquí exclusivas.

Una historia centenaria que va irremisiblemente ligada a lo acontecido en dicho complejo desde el 1 al 22 de julio de 1944. A cambio de 300.000 dólares y de otros 18 dólares por persona alojada se blindaron las instalaciones para la celebración de la Conferencia de Bretton Woods. 730 delegados de los 44 países aliados de la Segunda Guerra Mundial, conflicto que todavía seguía en curso, acudieron a la cita para diseñar un nuevo sistema monetario mundial que sentara las bases para hacer posible una paz sólida y duradera tras la contienda bélica. Lo deliberado y acordado en aquellos frescos días de verano supuso unas consecuencias todavía vigentes en nuestros días. Dos de esas decisiones fueron la creación de dos instituciones de enorme influencia, como el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (rebautizado como Banco Mundial) y el Fondo Monetario Internacional. Ambos nacieron con la misión de contribuir a la estabilidad económica de un planeta convulso, que había sufrido la Gran Depresión de 1929 y los efectos devastadores de las guerras.

Dos nombres llevaron la iniciativa durante las maratonianas reuniones celebradas en Bretton Woods. Representando al Reino Unido compareció el ilustre John Maynard Keynes, uno de los economistas más influyentes del siglo XX. Por su parte, las tesis estadounidenses las defendió Harry Dexter White, un tecnócrata anónimo que, paradójicamente, terminó por imponer sus razonamientos por encima de los esgrimidos por Keynes.

Sin duda, el mayor vigor financiero americano impuso su ley sobre las depauperadas arcas británicas de un país bombardeado y magullado en su orgullo. Desde ese momento, la supremacía del dólar ha dictado las relaciones comerciales internacionales. Comenzó a materializarse el relevo en el liderazgo mundial entre el viejo imperio y el nuevo.

Este choque de ideas y de concepciones entre White (quien por cierto pocos años después se demostró que había actuado como espía de la Unión Soviética) y Keynes es una de las aportaciones más interesantes del muy recomendable 'La batalla de Bretton Woods. Keynes, White y cómo se fraguó un nuevo orden mundial', una apasionante crónica firmada por el economista Benn Steil y editada en España por Deusto. Son 500 páginas trepidantes en las que conviven el análisis histórico, las triquiñuelas políticas, un peligroso e imposible juego de equilibrios e incluso unas gotas de espionaje e intriga. Porque en aquel lejano verano de 1944 en un apartado hotel de gran lujo cambiaron las reglas y se movieron las placas tectónicas de la influencia geopolítica y económica.

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