(Un reportaje de Michael Sauga en el XLSemanal del 15 de noviembre de 2020)
Los populistas gestionan peor la
economía que sus rivales de la política tradicional. Eso demuestra un reciente
estudio que ha analizado más de un siglo de populismo de izquierdas y de
derechas en el mundo. Pero no es su única conclusión…
Pocos días después de haberse contagiado de COVID-19, Donald Trump subió al
balcón de la Casa Blanca y recibió el homenaje de sus seguidores. Había
resistido al «terrible virus chino», aseguró, y añadió que era momento de
volver a la lucha por lo que definió como «causa justa». «¡Te queremos!», rugió
la multitud. «Y yo os quiero a vosotros», replicó el presidente.
Esto es lo que ocurre cuando el hombre más poderoso del mundo da un balconazzo,
cuando pronuncia desde un balcón el típico discurso de «nosotros contra…», esas
arengas con las que en su día Juan Domingo Perón en Argentina o Alan García en
Perú buscaban garantizarse la simpatía de las masas.
Trump se apropió de esta práctica al igual que tomó muchas de los
demagogos: la apelación a la gente común, las diatribas contra el establishment,
la idealización del pasado nacional. «Trump ha venido a ser la suma de todos
los elementos del populismo moderno», dice Christoph Trebesch, del Instituto de
Economía de Kiel.
Y, si él lo dice, será por algo. Junto con su compañero Manuel Funke y el
también economista Moritz Schularick, Trebesch ha estudiado los resultados
políticos y económicos de más de un siglo de populismo, entendido como
movimiento que asegura anteponer los intereses del ciudadano de a pie a los de
una élite depredadora. Algunos de sus representantes siguen una agenda
izquierdista, como ocurre en la socialista Venezuela; otros optan por una
puesta en escena xenófoba y antiliberal, como el nacionalista de derechas
húngaro Viktor Orbán.
A veces, la frontera que los separa de sus rivales del espectro democrático
clásico no es fácil de delimitar, pero como dice Manuel Funke –uno de los
autores del estudio– con el populismo pasa «como con la pornografía: lo
reconoces cuando lo ves».
Este trío de investigadores ha puesto la lupa sobre más de 70 periodos de
gobierno populista en 27 países, ha analizado miles de datos sobre crecimiento
y distribución de la riqueza y ha examinado casi 800 estudios económicos.
Ahora acaban de presentar un trabajo de 190 páginas que aplica por primera
vez los métodos cuantitativos de las ciencias sociales al estudio del conjunto
de los gobernantes populistas. Y sus resultados ofrecen unas conclusiones
bastante incómodas para el mainstream democrático de Occidente.
La más importante de ellas: aunque la mayoría de los dirigentes populistas
ha dejado como herencia graves daños económicos a largo plazo, en lo político
ellos han triunfado por encima de la media. Casi todos fueron capaces de torear
a sus contrincantes durante años, aglutinar tras de sí a unos partidarios por
lo general fanáticos y dejar su impronta en regiones enteras. «En muchos países
–dice el director del estudio, Moritz Schularick–, el populismo se ha vuelto
endémico. No se trata de un episodio pasajero que surge y desaparece sin más».
Al contrario, según demuestra su investigación: el movimiento lleva estas
tres últimas décadas en curso ascendente. En la actualidad, la cuarta parte de
las 60 principales economías del mundo están gobernadas por estos nuevos
tribunos de la plebe, ya sean de izquierda o de derecha, desde el presidente
brasileño, Jair Bolsonaro, hasta el jefe del Gobierno indio, Narendra Modi. ‘La
era del populismo’, como la denomina el estudio, ha alcanzado en esta nueva
reedición a más países que durante su primera fase álgida, en los años veinte y
treinta.
Lo más llamativo es que hasta hace no demasiado
tiempo el movimiento parecía prácticamente extinto. En la guerra fría que
siguió a la gran contienda bélica mundial no había mucho espacio para este tipo
de ideología, toda vez que el fascismo alemán había desacreditado la doctrina
que le servía de fundamento. En 1981, el primer ministro neozelandés Robert
Muldoon y el presidente griego Andreas Papandreu eran los dos únicos
gobernantes en ejercicio que se presentaban como hombres fuertes al servicio de
la gente de la calle.
Turbulencias económicas
Luego cayó el telón de acero y el lado oscuro de
la globalización alimentó una ideología que desde sus orígenes había sido hija
de la crisis. Otro de los motivos del retorno del populismo fue la incesante
sucesión de turbulencias monetarias y crediticias del último cuarto de siglo.
El movimiento populista reapareció primero en América Latina, después en Asia y
finalmente en el este de Europa y el mundo occidental.
Por ejemplo, Hugo Chávez, inventor del
‘socialismo para el siglo XXI’, llegó al poder tras la hiperinflación
venezolana de los años noventa. El filipino Joseph Estrada, un actor de cine
con una imagen de Robin Hood moderno, llegó a la Presidencia de su país
impulsado por la crisis financiera asiática.
En Europa Oriental, sumida en una debacle económica tras el derrumbe de la
Unión Soviética, de un día para otro los antiguos miembros de los diferentes
partidos comunistas empezaron a presentarse como fervientes políticos . Uno de
ellos fue el eslovaco Robert Fico, que gobernó su país como autoproclamado
héroe del pueblo.
Hay pocas cosas en las que los populistas sean tan buenos como en el arte
de seguir en el puesto. Según demuestra el estudio, de media se mantienen 8
años en el poder, el doble que sus colegas de los partidos tradicionales del
espectro democrático.
La mayoría de los populistas son reelegidos para sus cargos, como por
ejemplo el búlgaro Boiko Borísov. Este antiguo profesor de kárate, a quien le
gusta presentarse como «verdadero búlgaro» frente a «los mentirosos del
Parlamento», ya ha conquistado la Presidencia del Gobierno tres veces; la
última de ellas, en 2017. El presidente ecuatoriano José María Velasco Ibarra,
que se vendía como el salvador de la nación, llegó a ejercer el poder en cinco
ocasiones entre los años 1934 y 1972.
Un tercio de los populistas que consiguen llegar a la cima del Estado son
reelegidos al menos una vez. De sus rivales, aquellos que se definen con las
etiquetas clásicas de socialdemócratas, conservadores o liberales, solo lo consigue
uno de cada seis.
La sed de poder es un rasgo que une a todos los
populistas. Lo que los separa es la política económica. Mientras que la rama
izquierdista del movimiento nacionaliza empresas extranjeras, la variante
derechista generalmente apuesta por un programa favorable a los empresarios,
basado en bajadas de impuestos, desmantelamiento del sector público y
desregulación.
No es de extrañar que estos enfoques diferentes
cosechen resultados diferentes, tal y como demuestra el estudio. Los
gobernantes populistas de izquierda consiguen reducir la brecha entre ricos y
pobres, al menos parcialmente, con mayor frecuencia que los demás. Por el
contrario, sus correligionarios del otro extremo del espectro político tienen
más éxito a la hora de atraer capital extranjero al país. ¿La diferencia entre
izquierda y derecha es, por lo tanto, más relevante que la dicotomía
populista/no populista?
En absoluto, señalan los autores del estudio. De
hecho, en temas de política económica los populistas de ambos bandos tienen en
común más de lo que pudiera parecer. Por ejemplo, casi todos ellos siguen una
política de «mi país primero». A veces suben los aranceles, a veces se protegen
de la competencia exterior por otros medios, pero la esencia sigue siendo la
misma. En nombre del pueblo, explotado y saqueado por las organizaciones
internacionales y la depredadora élite patria, los populistas tienden a incrementar
la deuda pública, lo que con el tiempo obliga a adoptar severas medidas de
ahorro y emprender recortes. El resultado es una coyuntura tipo yoyó, como la
que se da en muchos países de Latinoamérica: breves periodos de crecimiento
impulsados por el crédito se alternan con profundas recesiones.
El núcleo peligroso
Pero, por encima de todo, el movimiento populista
ataca aquellas instituciones que resultan especialmente importantes para el
desarrollo a largo plazo de la economía de un país: los tribunales, las
universidades, los bancos centrales, la democracia de partidos. Ese es el
núcleo realmente peligroso de la doctrina populista: quien se cree capaz de
percibir e interpretar la voluntad del pueblo ya no necesita al Parlamento para
gobernar.
Proteccionismo, economía basada en la deuda,
deterioro institucional, esos son los rasgos que definen a los gobiernos
populistas. No es una combinación especialmente propicia para el crecimiento
económico, como ha demostrado el trío de investigadores tras aplicar sus
exhaustivos modelos de cálculo. De media, a los 5 años de la subida al poder
del líder populista de turno, el producto interior bruto per cápita de su país
se sitúa ya cinco puntos porcentuales por debajo del de un grupo de países
democráticos equiparables, seleccionados conforme a criterios económicos. A los
15 años, la distancia supera ya los diez puntos.
Si se hace caso al estudio, no hay muchos regímenes populistas que hayan
gestionado con éxito la economía… pero los hay. El presidente boliviano Evo
Morales, por ejemplo, elevó el ingreso medio en su país en torno a un nueve por
ciento más de lo que se dio en otros países equiparables. En este caso
coincidieron dos fenómenos poco habituales: por un lado, el izquierdista
Morales supo mantener las finanzas del Estado bajo control; por el otro, su
país contaba con una sociedad civil fuerte que limitó sus ansias de poder.
Pero, en una amplia mayoría de las ocasiones, el balance final es
desolador. Tras una década de Hugo Chávez al frente de Venezuela, el producto
interior bruto per cápita era doce puntos porcentuales menor que el de los
países equiparables. Su homólogo sudafricano Jacob Zuma consiguió que esa
diferencia negativa alcanzara casi ocho puntos porcentuales.
Cabría pensar que unos resultados tan pobres acaben desacreditándolos y
limitando sus posibilidades de perpetuarse, pero la realidad parece ser otra.
Los países que han sido infectados por el virus del populismo tienen mayores
probabilidades de volver a sucumbir a él. Indonesia, por ejemplo, ha tenido
gobiernos populistas en 24 de sus 75 años de independencia. Y Eslovaquia, en 15
de los 27 años que han transcurrido desde su pacífica separación de Chequia.
Este es el resultado más inquietante del estudio. El gobierno de los
populistas no deja solo unos cuantos destrozos concretos, sino que con
frecuencia lleva a una espiral en la que el declive político y el económico se
refuerzan mutuamente. Su ejercicio del poder debilita la economía, lo que a su
vez vuelve más probable que el siguiente hombre fuerte no tarde mucho en
hacerse con el timón del país para salvar a la gente común.
Al final puede darse una evolución de continua
crisis como en Argentina. El país era uno de los más ricos del mundo allá por
el año 1900. Pero en 1916 llegó a la Presidencia el nacionalista de izquierdas
Hipólito Yrigoyen, que predicaba «la liberación del trabajador argentino de los
intereses empresariales extranjeros». Lo siguieron correligionarios
izquierdistas como Juan Domingo Perón o Cristina Fernández de Kirchner y
populistas de derechas como Carlos Menem. Todos ellos prometían convertir el
país en un paraíso para el pueblo. Y todos ellos contribuyeron a que Argentina
presente hoy muchos de los rasgos de un Estado fallido, con una clase media
empobrecida y en el que las bancarrotas públicas se suceden una tras otra.
El factor Berlusconi
Turquía también se encuentra en la senda de la
bancarrota bajo el gobierno del populista islamista Recep Tayyip
Erdogan. El hombre que empezó siendo un reformista relativamente
moderado ha destruido la democracia turca, ha creado una economía dominada por
la corrupción y el amiguismo y ha sometido a su dictado a las instituciones
independientes del país; la última de ellas, el Banco Central. La lira turca se
encuentra en caída libre, los precios suben a un ritmo de dos dígitos y en los
mercados financieros se cruzan apuestas sobre cuánto tardará Erdogan en tener
que suplicar un crédito al Fondo Monetario Internacional.
Antes, al populismo se lo veía como una enfermedad de países en vías de
desarrollo, un episodio transitorio en el presuntamente imparable avance hacia
la democracia parlamentaria. Hoy, según demuestra el estudio, hay Argentinas en
todas partes, incluso en el corazón de Europa.
Ningún político ha desempeñado un papel mayor en la latinoamericanización
de Occidente que Silvio Berlusconi, quien utilizó sus canales privados para
anestesiar a las masas y el aparato de gobierno para favorecer sus negocios.
Sus disputas con la Justicia de su país eran constantes: unas veces,
acusado de fraude; otras, de evasión de impuestos. Y, a pesar de todo, marcó la
política italiana durante 20 años. La economía apenas creció, lo que floreció
fue la corrupción y la inseguridad jurídica, como demuestran todas las
estadísticas internacionales. El viejo sistema de partidos se vino abajo. El
hecho de que Italia sea hoy un país en el que los movimientos populistas suman
más del 50 por ciento de los votos en las elecciones legislativas es, en buena
medida, legado del empresario milanés metido a estadista, cuyo principio rector
era atraer toda la atención posible por cualquier medio, aunque fuese con
fiestas ‘bunga-bunga’.
Algunos ejemplos
Alan García, Perú.La
corrupción y la hiperinflación marcaron su mandato entre 1985-1990. Volvió al
poder en 2006. Se suicidó el año pasado.
Juan D. Perón, Argentina.
Gobernó de 1946 a 1955 y de 1973 a 1974. Inició políticas sociales. Reprimió a
la oposición y a la prensa.
Viktor Orbán, Hungría. De 1998 y
2002 y desde 2010 hasta hoy. Intervino la Justicia, los medios y la ley
electoral.
Jair Bolsonaro, Brasil. Elegido
en 2019, con un programa ultraliberal, la economía comenzó su declive antes de
la pandemia.
Hugo Chávez y Evo Morales,
Venezuela y Bolivia. Iniciaron grandes programas sociales. Hugo Chávez,
fallecido en 2013, hundió la economía. Morales acaba de regresar.
Recep Tayyip Erdogan, Turquía. En
el poder desde 2003. La economía se hunde, crece la corrupción y ha sometido a
todos los poderes del Estado.
Evolución del PIB en los diez años siguientes al gobierno populista, en
comparación con la progresión en países similares
·
14,9%*
SILVIO BERLUSCONI ITALIA; PRESIDENCIAS: 1994-1995, 2001-2006, 2008-2011.
·
13,3%
INDIRA GANDHI LA INDIA; PRESIDENCIAS: 1966-1977, 1980-1984.
·
12,4% HUGO
CHÁVEZ FALLECIDO EN 2013. VENEZUELA; PRESIDENCIA: 1999-2013.
·
6,6%
NÉSTOR Y CRISTINA KIRCHNER ARGENTINA; PRESIDENCIA: 2003-2015.
·
7,8% JACOB
ZUMA SUDÁFRICA; PRESIDENCIA: 2009-2018.
·
8,0%
VLADIMÍR MECIAR ESLOVAQUIA; PRESIDENCIAS: 1990-1991, 1992-1998.